19 marzo, 2010

Recordar a Amanda Castro



Adónde la guitarra abandonada/ la pieza sin terminar/ la tinta seca…
(Amanda Castro, "El paso de la muerte")

En una reunión de trabajo para organizar un festival nacional de las artes en Honduras, la delegada por un ex presidente quería arrastrarnos a su inútil y encarnada visión folclorista de la cultura, creyendo quizá que los ahí presentes, artistas, poetas e intelectuales jóvenes, nos embelesaríamos por las piruetas de su dura cabezota. Nosotros nos mirábamos con atónito silencio, pero Amanda Castro, enrojeció y aferrándose a su tanque de oxigeno le reprochó su ignorancia y falta de respeto y desmanteló el andamiaje manipulador de la propuesta que hacia ver al intelectual, al escritor como resaca decadente, como un payaso hambriento mascando su propio harapo. Todos renunciamos a formar parte de aquella organización, pues se nos quería imponer falacias y desbarataron con irrespeto las ideas que originalmente habíamos escrito basadas en nuestra experiencia de gestores culturales y en nuestro conocimiento de la cultura nacional.

Así recuerdo yo a Amanda Castro, protestando, haciendo saber a todos que su inconformidad no era un capricho personal y egoísta, sino una clarividencia, un derecho construido con lecturas, sacrificios, estudios e investigaciones en un país que siempre da la espalda a sus mejores hombres y mujeres. Y la recuerdo también en un atardecer cuando conversábamos de literatura y gestión cultural en un restaurante de Tegucigalpa mientras bebíamos una cerveza con buen humor y comentábamos sobre sus nuevos poemas donde me decía había una celebración a un paraíso lésbico, al amor libre y también hacíamos referencias a las preguntas de una entrevista mía que por esos días le había hecho llegar. Luego la recuerdo en la Biblioteca Nacional riéndose de mí y de mis apuros por organizar una sesión de fotografía de Christine Woda con cuatro poetas más.

El día de su muerte una llamada me despertó, y fueron tan secas esas palabras que me anunciaban su muerte. Despacio me he levantado acordándome de Amanda Castro con quien nunca yo tuve una amistad, pero si nos favoreció el azar, encontrándonos en la calle, en algunos cafés, en sus lecturas o en jornadas de trabajo de gestión cultural. Encendí mi laptop y ahí estaban las palabras de Amanda, vivas y dispuestas como ella fue en su trabajo de poeta y gestora cultural que nos inspiró a muchos.

Mujer sin tapujos, adoradora de la libertad individual en la que creyó siempre, pues de esa entereza depende el carácter que ha de permitir el temple para la lucha y para la libertad colectiva, feminista comprometida con la lucha por la igualdad de género, su esfuerzo es un ejemplo para los hacedores y una lección para las instituciones de este país. Fundadora de su propia voz, de caminos para otras voces a través de sus estudios, de su sello editorial y de su revista.

Quisiera dejar de escribir para leerla de nuevo, para que todos la leamos en esta entrevista que le hice para ser incluida en un libro mío sobre crítica, poesía y remembranzas con poetas hondureños. Ella aquí expresa con sencillez como fueron sus días, sus estudios y sus anhelos, además de dar referencias sobre su trabajo poético y el de las poetas hondureñas y de su lucha por encontrar espacios para las mujeres y los hombres sensibles de este país.



"Nuestro canto permitirá dar testimonio de nuestra presencia 
y de nuestra postura ante el dolor humano…"

Entrevista con la poeta Amanda Castro


SALVADOR MADRID Esta historia personal respecto a la poesía, seguro posee algunos instantes que son vitales.

AMANDA CASTRO Comencé a escribir poemas a los 12 años, poemas que eran como viñetas de las cosas que veía y me impactaban. El primero de ellos que recuerdo, era una escena de un hombre que empuja una carreta que llevaba leña, una mujer que echaba tortilla, personas que buscaban el pan.

Yo, la niña de El Sagrado Corazón, les veía desde el autobús, y descubría por primera vez las diferencias de clases y los privilegios que tenía sobre aquellas personas; yo no tenía que trabajar o pedir como los niños que miraba por las ventanas. Creo que desde entonces comprendí que se podía hablar a través de la poesía de las separaciones y de los dolores que estas separaciones provocan.

Posteriormente, mi filiación con los artistas plásticos del Taller Dante Lazaroni, me dio la oportunidad de poner en palabras (cuentos y poemas) las historias que tejía a partir de las imágenes de sus cuadros. Recuerdo haber escrito cuentos sobre los cuadros de Víctor López, Aníbal Cruz, Ezequiel Padilla y Virgilio Guardiola. Esa relación me ayudó mucho a cultivar la poética visual que siempre he tenido.

Posteriormente, en 1985 abordé un avión rumbo a EE.UU. para comenzar un viaje de estudios que aún no concluyo. Este primer avión, esta primera separación, esta primera experiencia desde el exilio y la otredad, (donde yo ya no era la niña “blanca” clase media, sino una “mujer extranjera y de color”) fue instrumental para forjar mi conciencia de raza y de género. El choque cultural, sin embargo, fue tan grande que me sentí extraviada completamente y como resultado me alejé de la poesía. Entre el 85 y el 87 no volví jamás a levantar las plumas.

Al finalizar mis estudios de maestría en 1988, a través de mi trabajo de tesis sobre la poesía de Juan Ramón Molina, algunos de mis maestros des-cubrieron mi vocación poética y comenzaron, prácticamente a forzarme a hacer las paces con ella, con la poesía. Desde entonces nuestro amor sólo ha crecido.

El racismo sufrido en el norte, me obligó a buscar mis raíces indígenas y a comprender el híbrido que soy: mujer mestiza producto de la violación del blanco contra la india, mujer migrante para quien a veces el inglés es más fácil que el español, mujer hecha de retazos de esperanzas puestas en el alma por otro/as que estuvieron de paso también en el norte, allí todos reconstruimos como pudimos, lo mejor, lo que más amábamos de nuestras culturas. Yo opté por la raíz indígena, esa mitología hermosa que se refleja en Onironautas; adopté tanto creencias religiosas como posturas políticas también híbridas.

La experiencia de la muerte ajena, mi diagnosis en 1994 y la sentencia de sólo cinco años de vida que me dieron entonces, fue quizás la última experiencia personal que más ha influenciado no sólo mi escritura, sino también mi vida misma. De la simple existencia —a veces casi vegetación— salté a la pasión por vivir; a vivirlo todo por primera y última vez, a ver el reloj moviendo sus manijas, a escuchar su tic tac, a monitorearlo como monitoreo el tanque de oxigeno que arrastro paso a paso entre las multitudes, para poder decir estoy aquí, existo y eso ya es bastante. Hago lo que mi escaso aire me permite y más, porque el tiempo que me queda es poco y no lo puedo desperdiciar. Por eso, creo, escribo lo que escribo y me comprometo con las cosas y las personas que me comprometo.


S.M. ¿De sus siete libros de poesía publicados cuáles son los más emblemáticos para usted?

A. C. Me parece que el más ambicioso sería Onironautas (2001), pues con él me propuse y creo haber alcanzado la capacidad de hilvanar una serie de aspectos que para mí son vitales.

En primer lugar, la escritura de este libro me permitió, como ya dije, abrazar completamente mis raíces indígenas y acercarme a los ancestros y a sus voces, recobrando con ello un pensamiento mítico. En segundo lugar, me parece que Onironautas me ha permitido mostrar que nuestra cultura es, como dice el Maestro Roberto Sosa, una cultura de la violencia, lamentablemente.

Se hilvanan en este libro las raíces de la existencia debatidas entre el espíritu creador y el espíritu de la descomposición (la placenta podrida hace surgir a Odosha, el espíritu del mal), de la destrucción. Todo esto presentado al comienzo de la existencia, vuelve a resurgir a la hora de la conquista; hecho violento claro está, pero del cual surge la vida nuestra, porque nuestro mestizaje deviene del choque de culturas. Posteriormente, en nuestra historia, reaparece ese choque violento en el marco también de una nueva reconquista que provoca nuevamente la destrucción y el desequilibrio de las fuerzas de la naturaleza, me refiero específicamente a la “guerra fría”, instrumento represor de los conquistadores del norte.

Pero, Onironautas también es un espacio en el que, a través de invocaciones chamánicas, se utiliza el sueño como elemento de curación que nos puede permitir sanar la humanidad. El chaman, canta y con sus cantos cambia los sueños de la gente. Éste es un principio chamánico compartido por varias culturas y que se parece mucho a la función de el/la poeta. Confiamos en que nuestros cantos permitirán dar testimonio de nuestra presencia y de nuestra postura ante el dolor humano.

Por otro lado, Quizás la sangre… es para mí también un libro muy importante ya que marca mi salida del clóset poéticamente; aunque mi discurso poético ha sido siempre lésbico, muchos y muchas se han negado a verlo como tal, porque había estado dirigido a Honduras tratada como mujer, y eso en nuestra cultura sí es admisible, mientras que una mujer escribiéndole poemas de amor a otra mujer de carne y hueso está prohibido.

Quizás la sangre… propone precisamente un juego de simbiosis entre todas las mujeres que he amado, todos esos cuerpos femeninos que son: mi Honduras, con sus verdes caderas, montañas y húmedos valles, la poesía con la humedad de su lengua envuelta en el más exquisito placer oral que pueda gozarse, la sangre recobrada como elemento no sólo de sufrimiento y muerte, sino como símbolo de la reproducción y de la fuerza productiva que cargamos las mujeres en nuestras propias entrañas. Y, finalmente, la muerte, otra mujer que me acompaña siempre, que nos acompaña a todos aunque nos neguemos a verla.

Quizás la sangre… vuelve mi discurso político y público hacia lo personal, logrando de esa manera que mis opciones personales, en este caso mi preferencia sexual, se vuelva una postura política que me libera permitiéndome ser públicamente la persona que soy en privado. Si no me hubiera atrevido a escribir y publicar Quizás la sangre… no habría posteriormente podido ganar el I Premio Hibueras de Relato Corto (Honduras, 2006) con un texto de temática lésbica y con tinte bastante erótico por momentos.

Este libro, como le digo, es importante porque me ha permitido verme directamente al espejo y soltar cualquier tipo de vergüenza cultural o religiosa que me había impedido, hasta entonces, vivir en paz conmigo misma. Y ha sido literalmente como encarar otra forma de decirme, de decir mi mundo en el cual mi amor por las mujeres es primordial y obviamente primigenio; mis proyectos literarios actuales son eminentemente lésbicos y me abren otras formas, otros formatos, otras posibilidades de Ser y de vivir siempre consecuentemente con lo que pienso y con lo que escribo.

S.M. Su trabajo de investigación y promoción de la poesía escrita por mujeres es clave para entender tal contexto de la literatura hondureña. Nos amplia al respecto.

A.C. Aunque en los últimos 10 años se ha empezado a reconocer en Honduras que habemos muchas mujeres escribiendo, y algunas de muy buena calidad, me parece que aún falta mucho por hacer. El canon literario de los colegios y universidades sigue siendo en un 99% masculino; si buscamos en los libros de historia de la literatura, las antologías y hasta en la internet, encontramos que los nombres que aparecen son, en su mayoría, de hombres; en algunos casos figuran hombres no muy talentosos, mientras que mujeres de larga trayectoria y con obras bastante importantes, no aparecen.

Personalmente, me he sentido comprometida con las mujeres de mi país y, sobretodo, con las escritoras, no por sexismo y separatismo —pues muchos de mis mejores amigos son hombres—, sino por solidaridad y completa empatía. Como mujer escritora que comenzaba a escribir en los principios de los ochentas, sé en carne propia lo difícil que es para una mujer de nuestra sociedad reunir los ovarios para atreverse a hacerlo.

Porque escribir para las mujeres es, no sólo en Honduras, sino en todas las culturas patriarcales, un acto de rebeldía. La mujer, cuya voz ha sido acallada por los diferentes aparatos represivos de la sociedad, como la familia, la educación, la iglesia y la sociedad en general, supone NO hablar, no pronunciar sus pensamientos en voz alta, y mucho menos, atreverse a publicarlos.

Las mujeres que escribimos, porque estamos hechas de palabras, sabemos, al igual que algunos hombres, que si no se escribe se muere o se enloquece. Pero, las mujeres que escribimos nos vemos forzadas a utilizar un discurso eminentemente masculino, falocéntrico y cuyas prácticas han sido, durante mucho tiempo, reflejo de los roles de género que debemos mantener. Esto, sin embargo, es un arma de doble filo, por un lado aunque la mujer escritora utilice un lenguaje masculino (y por lo tanto lo reproduce hasta cierto punto), también lo reconstruye, lo subvierte, lo reinventa al utilizarlo para expresar una experiencia eminentemente femenina.

Así, la escritura de mujeres llega a convertirse en un ejercicio de búsqueda que no necesariamente ocupa a los escritores; las escritoras ponemos y quitamos del lenguaje vocablos, sonidos y conceptos que nos permiten recobrar nuestra sujetividad, liberándonos de nuestra condición de objetos; mientras que para algunos escritores puede existir la falacia de que el lenguaje realmente les nombra como sujetos, lo que les impide cuestionarse cuál es realmente su condición social. Las mujeres hemos sabido desde niñas que nuestro espacio supone estar supeditado al espacio masculino, los hombres, por muy pobres que sean y por muy mal que estén socialmente, son por precepto cultural, independientes y su lugar en la sociedad no está supeditado a nadie (excepto a otros hombres, — quizás los que posean una falacia más grande).

Para mí, dar a conocer la literatura de las mujeres hondureñas y centroamericanas en los Estados Unidos, ha sido siempre un compromiso ético y moral, una necesidad vital impulsada por el deseo de lograr que estas mujeres se conozcan y por lo tanto trasciendan nuestra cerrada y miope sociedad. También, obviamente existe un compromiso social, ideológico y político que me obliga a buscar y vivir de manera coherente y consecuente con lo que escribo.

S.M. Su vida es una suma de acciones y trabajos. Ha escrito poesía, ensayo, investigación, ha publicado antologías, traducciones de poetas nuestras, hace enormes esfuerzos por editar poetas jóvenes del país, trabajado en temas de género; obtuvo en Pittsburgh su doctorado en sociolingüística española, en fin… y todo contra la mezquindad del medio. Nos habla de sus relaciones intelectuales con los artistas hondureños, tanto de las letras como de las artes visuales.

A.C. Como mencioné antes, desde hace mucho tiempo me esfuerzo por dar a conocer a los artistas de Honduras fuera de ella; quizás desde que me fui, me acompaña lo que podría interpretarse como culpa o como afán de distribuir mis remesas con la comunidad artística. He apoyado y apoyo causas y personas en las que creo, quizás a veces ellas mismas no crean en sí mismas, yo intento apoyarlas para que den un paso que les permita asumir su arte y su condición de artistas como tal.

Yo tuve la suerte de tener varios maestros, amigos y personas que me han apoyado en mi propio proceso de desarrollo artístico. Antonio José Rivas, sobre cuya obra escribí hace 25 años una tesis, fue el primero en enseñarme de poesía. Julio Escoto, Eduardo Barh, Ana María Rodas, Nela Río y el fantasma de Alejandra Pizzarnik son sólo algunos de los nombres de personas cuya obra me ha marcado. De pintura aprendí con Ezequiel Padilla y Aníbal Cruz en los años 80, y desde los 90, Gustavo Armijo ha sido un verdadero compañero de Ixbalam y nuestro proceso de desarrollo, sensible hombre que nos acompaña constantemente.

Por lo general, trato de mantener buenas relaciones con todas las personas con las que me relaciono, sin embargo, en nuestro medio es difícil para lo/as artistas congregarnos y olvidarnos de la crítica y la zancadilla, por lo que ha sido difícil, hasta el momento, organizar un colectivo de mujeres escritoras y artistas que mantengan su interés en realizar actividades que sean más perecederas que los típicos recitales.

Quizás por eso he optado por agruparme con una colección de artistas con quienes formamos un collage multidisciplinario que nos permite crecer verdaderamente. En la actualidad coordino el Colectivo Ixbalam y además hemos comenzado el grupo artístico “Siguatas” produciendo espectáculos de música y poesía, integramos este grupo: Iris Mencía, Paloma Zozaya, Susan Arteaga, Rosario Rodríguez, Karla Lara, Balbina Olivera, recibiendo el apoyo de Nordestal Yeco, Camilo Corea, Alexis Sagastume, Carlos Umaña, Ricardo Zavala y Danilo Lagos. Además, mantenemos estrechas relaciones con grupos como el Grupo Teatral Bambú, terco Producciones, Mujeres en las Artes, Paíspoesible, el Teatro Laboratorio de Honduras.

Existen en Honduras muchas condiciones para que los y las artistas empecemos a unirnos y a luchar como un frente común, ante un sistema para el cual el arte se ha convertido en una simple comodidad que se utiliza sin ser realmente valorada a profundidad. Aún guardo la esperanza de lograr que nuestra comunidad artística obtenga el respeto y el reconocimiento que se merecen por los organizadores de las políticas de desarrollo del país; creo fielmente que sólo el esfuerzo común puede resultar en un bien común.

S. M. Respecto a la crítica que se les hace a algunas mujeres escritoras debido a su postura estética simplista sobre algunas temáticas; igual, bien podría hacerse la misma crítica a muchos hombres escritores. Usted que es una investigadora, puede darnos su valoración.

A.C. Lo que en un hombre se interpreta a veces como romántico y sensible, llega a interpretarse como cursi en las mujeres, porque existen dos medidas diferentes; como en todo, las mujeres debemos demostrar las cosas tres veces para que nos crean que tenemos la capacidad de hacerlas, mientras muchos hombres sólo tienen que alardear de sus triunfos para que todos se quiten el sombrero a su paso. Esa es una realidad cultural, en nuestra hondura, el hombre “posee la verdad”; no debería extrañarnos entonces que las mujeres recibamos el filo más cortante de la crítica, al fin y al cabo, nosotras ni siquiera escribimos Literatura, sino esa denominada “literatura de mujeres”.

Esta postura, este pre-juicio, contamina entonces cualquier apreciación que pueda hacerse; así, las flores, el amor, el campo, el mar y las estrellas, son señales de pobreza en el lenguaje y un intento de escribir que nunca llega a cuajar. ¿Y cómo? si las mujeres no tenemos derecho a hablar, cómo vamos a aprender a escuchar nuestros pensamientos, algo malo deben de tener, ya que se nos prohíbe hablarlos y a veces hasta tenerlos.

Esta desautorización a las palabras que vivimos las mujeres, nos lleva a nosotras mismas a un problema peor: la autocensura y el escapismo, que a su vez, pueden conducir a algunas de nuestras escritoras a referirse a sus escritos como “algunas cositas”, diminutivo que infantiliza nuestra escritura y nos condena ante la crítica.

Pienso que para que las mujeres hondureñas recobremos plenamente la voz, debemos primero recobrar nuestro cuerpo, el erotismo, nuestra lengua y los placeres orales que con ella logramos hilvanar en el silencio. Si no podemos vernos desnudas al espejo, tampoco podremos decirnos sin tapujos y eso me parece que es condenable, pero debemos recordar que todo es un proceso, todas hemos pasado por allí, vamos cada una llegando a su tiempo y con su ritmo a recorrer con las palabras el camino de la restauración de nuestro ser, desde nuestra otredad diversa.

S.M. Su libro Una vez un barco, desde mi percepción, es una de sus mejores publicaciones. Es un libro que aspira al viaje entre las sensaciones del amor, entre el intento por alcanzar los ideales personales y el antagonismo y las contradicciones que la realidad atrevidamente nos impone.

A.C. Una vez un barco es el primer poemario que escribí después de una pelea larga que tuve con la poesía, entre 1985 y 1987, después de muchos intentos y más de 120 poemas iniciales, las tachaduras y los agregados, dieron como resultado este breve poemario alegórico, en el cual el/la personaje/a barco/a, Blanca, zarpa del puerto y se extravía. No es Ulises ni su retorno lo que importa, sino esa barca consumida en su viaje por sí misma, buscándose en las noches, en las profundidades interiores y en la profundidad del mar. Honduras en retorno, amigos que quedaron, manos que siguieron pintando la esperanza. Barca a la deriva que busca desesperada una noción de pertenencia y que sólo podía pertenecerse a sí misma y a la mar.

Poemas primigenios y primeros poemas de reencuentros y amores tronchados a medias, poemas que me forzaron a hilvanar mi escritura con la de otras mujeres que, como yo, habitaban el espacio del “no sé dónde”. Poemas que introducen una poesía que mira a Honduras desde afuera, con mirada radiográfica y a veces lapidaria.

Una vez un barco me abrió las puertas a las palabras y precisamente por eso, como usted dice, es un libro de vital importancia para mí.

S.M. Le decía que de sus libros, prefiero en la totalidad Una vez un barco, y su última publicación, El paso de la muerte, donde su poesía nos acerca a la anécdota sobre personas conocidas o queridas suyas. El libro convoca desde la intimidad a personas conocidas en nuestro arte, tanto de la plástica cómo de la literatura. Es un libro bastante doloroso.

A.C. El paso de la muerte reúne, como su nombre advierte, los poemas que surgen cuando la muerte pasa. La muerte que nos pasa de lejos sin tocarnos, pero rozándonos con su viento, para que la veamos, la fotografiemos y la recordemos. O podría referirse también a ese paso que es morir, la muerte propia, el paso de esta vida a la siguiente. Ese paso indetenible como el tiempo. Porque sólo con la muerte podemos contar la muerte propia y la ajena.

Desfilan en la primera parte de este libro, los recuentos y recuerdos de 22 años de amigo/as, familiares y conocido/as muerto/as, todo/as a destiempo. Personajes importantes del Arte en Honduras y en América Latina, en general, Antonio Cornejo-Polar, Alfredo Roggiano, Gloria Anzaldúa, Aníbal Cruz, Obed Valladares, entre otros. Mi padre, mi abuelo y mi tía, cada uno recogido entre palabras que se niegan a dejarlos ir.

La segunda parte del libro reúne los poemas que, a manera de preparación, he escrito para adelantarme a la muerte, para salirle al paso, reconstruyendo con símbolos mis pulmones hechos pedazos y estas ansias de vivir y de hacer cosas, habitada de palabras. Poemas de catarsis que sin reparar tejidos devuelven a mis manos, con las plumas la esperanza. El paso de la muerte ha sido mi reconciliación con mi vida y con mi muerte.

S.M ¿Cuánto debe comprometerse un poeta con su tiempo, con su país, con la conciencia histórica?

A.C. Para mí, un/a poeta se mide a través de sus compromisos y la consistencia que mantiene entre su escritura y su experiencia de vida. Por eso habemos buenos y malos poetas, porque unos asumimos plenamente la maldita bendición de las palabras, mientras otro/as, las usan para nombrar superficialmente lo que no creen, ni viven, ni sienten.

Cuando viajo entre la Hondura y sus montañas, me asalta de continuo la pregunta: ¿Cómo puede no amarse este país? Y entonces, alguien, con su carro medio millonario, golpea torpemente contra el pasto, llevándose de encuentro cuatro estudiantes caminando hacia la escuela, una familia entera o una anciana de lento caminar: no hay remedio, perdemos a paso agigantado nuestra propia humanidad.

Creo firmemente que la poesía, en todas sus manifestaciones (el canto, la música, el drama, la pintura, la arcilla, la danza de los cuerpos y el amor), es la única que puede ayudarnos a recobrar nuestra historia, a hilvanar nuestra conciencia con las palabras y el recuerdo, que no muere y tampoco perdona.

S.M. ¿Hay alguna especie de compromiso entre el escritor y sus lectores?

A.C. En mi caso personal, entiendo que el poema sólo está terminado cuando es leído por el/la otro/a, y para que yo perciba esa sensación de conclusión, debe producirse una lectura pública, un recital que me permita ver en los ojos de la audiencia los estragos de las palabras que salieron de mis corneas, a mi zona de broca, para precipitarse por mis yemas en su líquido primigenio y oscuro, sobre el papiro virgen que las preserva, y norma el mundo.

Sólo el estremecimiento, la grifa carne del lector o la lectriz, pueden establecer la calidad o el éxito que han tenido mis poemas, de vez en cuando descubro que, en efecto, de entre miles, hay una mujer, un hombre, que llora o ríe cuando lee uno de mis poemas, y eso en mi opinión lo completa.

S.M. ¿Escribir poesía es la puesta en escena de las vocaciones, técnicas, inteligencia, sensibilidad e intuición propia del artista? ¿Cabe aquello de un compromiso al margen de lo literario?

A.C. Me parece que todos los elementos que usted menciona se amalgaman en el proceso de la escritura, la vocación que debe existir obviamente, para que la poesía salga fluida y no forzada, como podría sentirse cuando se domina sólo la técnica. La sensibilidad e intuición son indispensables para lograr armonizar, en palabras las sensaciones, sentimientos y experiencias que nos mueven y que deseamos transmitir a los demás. Y la inteligencia, debe utilizarse para lograr hilvanar artísticamente y de forma estética, todos los elementos.

En cuanto a compromisos, me parece que el primer compromiso que todo/a artista debe tener es con su propio arte. Si no respetamos la poesía propia y la ajena de nada servirán nuestras palabras; hablo de ese compromiso que se logra cuando una/o se vuelve una/o profesional de la poesía y vive de manera consecuente con ello.

Para mí la poesía no sólo es mi profesión y mi arte, sino también mi forma de vida, un camino que sigo de la misma manera que se sigue una religión; y es que para mí la poesía es, como ya dije, una práctica de chamanismo. Desde esta perspectiva, me parece que la poesía se ve altamente comprometida con todas las acciones que realizamos. Yo en lo personal extiendo mi compromiso poético, o compromiso individual, a mi compromiso social, de tal manera que mi escritura debe, a mí juicio, revelar mis posturas ideológicas, políticas y mis creencias culturales.

En suma, creo que la poesía comprometida va mucho más allá del panfleto o del texto urgente, que aunque necesarios, no llegan a hacer mella estéticamente. La poesía si busca perdurar, debe trascender los bordes del tiempo y el espacio.

S.M. Nos habla de su trabajo al frente de Ixbalam, uno de los esfuerzos editoriales y de creación de espacio para los creadores hondureños.

A.C. Después de muchos años de ausencia, decidí volver a Honduras y lo he hecho de manera gradual, a partir del 2001 cuando saque una pensión por invalidez de la Universidad Estatal de Colorado, donde laboraba. Esos ingresos me han permitido realizar algunos de los sueños que siempre he tenido, el más importante, fundar una casa editorial que tenga como objetivo fundamental:

Estimular, financiar y publicar obras de gran calidad intelectual que propongan aproximaciones novedosas en las áreas estratégicas del conocimiento y cambios en los comportamientos estereotipados de las culturas patriarcales, misóginas y homofóbicas, dando especial consideración a la producción de autores hondureños, y sobre todo a la de las mujeres.

Empresa colectiva que empezamos con Rebeca Becerra, Ezequiel Padilla, María Arechaga y Evaristo López. Después de 4 años de existencia, Ixbalam Editores cuenta con once títulos publicados y cuatro números de la Revista Ixbalam de Estudios Culturales y Literarios.

Hemos estado a punto de cerrar muchas veces, pues es un trabajo muy duro que no cuenta con muchos recursos de financiamiento, y como el objetivo fundamental es el de publicar por mérito, no cobramos a los autores por nuestros servicios. Por el contrario, somos la única editorial que paga el 25% por derechos a sus autore/as.

Además, ya que tratamos de mantener una imagen colectiva, nos negamos a hacer presentaciones de libros de forma individual y manejamos los procesos de edición en conjunto, por ejemplo, en el 2006 se publicaron 5 libros y una revista, los que por cierto aún no se han terminado de imprimir porque aún no se han terminado de pagar.

Es este afán de hacer publicaciones en masa, o al menos de cinco en cinco, veces se obstaculiza el trabajo porque no se puede completar el proceso hasta que no se invierte una cantidad de dinero bastante fuerte (que nos es difícil reunir cuando nuestro único ingreso es mensual y limitado). Nos gusta la idea de pensar que la editorial y el proceso editorial es colectivo, no se logra publicar el libro de una persona primero que el de lo/as otro/as, más bien si se atrasa uno se atrasan todos. Seguimos batallando, sin embargo, para esta segunda mitad del 2007 quisiéramos tener la oportunidad de publicar otros 5 libros y dos números de la revista. A continuación le presento una lista de las publicaciones que llevamos hasta el momento:

1. Voces por la paz/Voices for peace, una antología bilingüe que incluye poemas relacionados con la paz, escritos por tres importantes poetas latinoamericanas y bastante reconocidas por la crítica de literatura femenina. Se trata de Nela Rio (Argentina), Ana María Rodas (Guatemala) y la hondureña Amanda Castro. 104pp.
2. Sobre las mismas piedras poemario por la poeta hondureña Rebeca Becerra. 98pp.
3. Los versos están en todas partes poemario por la poeta hondureña Blanca Guifarro. 130pp.
4. Exacta poemario por la poeta hondureña Juana Pavón. 110pp
5. El palacio de Eros relatos por el escritor y poeta dominicano Fernando Valerio-Holguín. 140pp.
6. Una vez un barco poemario escrito por la poeta hondureña Amanda Castro. 52pp.
7. 2da Estación poemario por el poeta hondureño Edgardo Florián. 99pp.
8. Recuerdos del Mañana poemario por el poeta hondureño Alexis Ramírez. 57pp.
9. El Paso de la Muerte poemario por la poeta hondureña Amanda Castro. 86pp.
10. Jornadas para las Mujeres 2004: Memoria-Antología. Vario/as poetas hondureño/as, compilada por Amanda Castro. 72pp.
11. Las Palabras del Aire poemario por la hondureña Rebeca Becerra. 53pp
12. Revista Ixbalam de estudios Literarios y Culturales números 1, 2, 3 y 4.