19 noviembre, 2013

Arte y gestión cultural en Honduras

                                                                                                              Espacio irreductible (detalle) Santos Arzú Quioto



El arte es una revelación de sensibilidad, inteligencia y memoria que da cuenta de la condición humana. El poder casi siempre lo ve como amenaza.

No se trata de ideologizar las ideas o mucho menos la lectura de la realidad; pero es latente la apatía del Estado respecto al apoyo a la producción y el fortalecimiento de políticas o plataformas de gestión cultural pública y privada que sean mediadoras para proveer el acceso a la creación sensible del país. También es evidente el marginamiento y la negación de los creadores, artistas e intelectuales.

Se desconoce aún la riqueza del arte nuestro, pues en el mayor de los casos el Estado ha sido incapaz de organizar estructuras institucionales efectivas que garanticen siquiera el conocimiento básico y el acceso al patrimonio nuestro. Hay que agregar que a esa paupérrima estructura existente únicamente se le ha maquillado con atavismos simbólicos forzados, artificiosos, visiones de la cultura demasiado conservadoras, medievales y jirones de aquellos remiendos históricos del liberalismo y sus reformas. Y otra cosa grotesca, los administradores de esas estructuras son personas o grupos sin formación, sin conocimiento en gestión cultural, políticas culturales; no poseen herramientas teóricas, ni participan en la vida cultural y desconocen nuestro arte, nuestros artistas y la compleja dinámica de la producción artística nacional.

Tiempos estos de lucha electoral, de planes sin nación, de reacomodación de escenarios del poder; el cielo de las promesas es la antesala al infierno de las mentiras; una cosa es cierta: en los planes de los políticos, la cultura y el arte pasan al margen, otros quieren maquillar su desinterés con versiones totalmente fuera de lugar, folclóricas, conservadoras, elitistas y en el peor de los casos instrumentales.

El escenario es casi el mismo desde el inicio: una Secretaría de Cultura totalmente relegada al olvido, llena de personas sin formación en gestión cultural, ajena y divorciada de la producción artística, con su editorial en bancarrota, casas de la cultura abandonadas, insignificante para inducir debates y mucho menos para proponer alguna reforma legislativa que permita fortalecer institucionalmente a los hacedores o a las expresiones culturales.

La Cooperación Internacional ha fortalecido muchos proyectos de cultura y ha brindado fuentes de trabajo a los creadores; sin embargo ha potenciado expresiones etiquetadas que a veces cumplen con un objetivo social con sus enfoques de comunicación, género, violencia y convivencia; esto se comprende, pues aunque el debate sobre la funcionalidad del arte se estira y se encoge, sus posibilidades son muchas y deben aprovecharse; pero hay instituciones de cooperación que son alienadoras y gustan de proveer ambientes, proyectos y escenarios para el simple ocio y entrenamiento, especies de clubs sociales pseudo cultos para aquellos que pueden asistir a sus espectáculos; existe esa versión de la cultura como espectáculo, alienante y testaruda noción donde el artista se vuelve payaso y la obra de arte mercancía; sino sólo lean al situacionista Guy Debord y su texto “La sociedad del espectáculo”. Pero esto no quiere ser un glosario de citas sobre el tema, fantásticamente tratado por teóricos geniales, sino simple opinión ciudadana.

El asistencialismo del Estado en cualquier aspecto, crea bancarrota pública; en el arte la idea de mecenazgo del Estado es una versión ciega, pues el artista y su expresión no necesitan de favores institucionales, sino plataformas de gestión cultural, mediación, accesibilidad, comercialización, protección de derechos de autor, desarrollo legislativo y recursos para su objetivo. Un poeta o un novelista no ocupan al ministro de cultura para hacer un libro, un historiador, un artista visual o un teatrista igual; sin embargo necesitan condiciones para su producción cultural y que esta se canalice y sea aprovechada por los ciudadanos y en cierto modo exista una operatividad que facilite espacios donde los productos culturales sean consumidos.

Ahora bien, esto es posible en un Estado donde hay aprecio por los creadores y por el arte, y en nuestro caso no ha sido así, los pequeños logros se deben a que a veces algunas personas visionarias llegan a un espacio estatal y hacen bien su trabajo, pero no porque existan planes o estrategias culturales; a veces la cooperación internacional ha potenciado los nuevos debates y retos, recreando inquietudes que luego, en caso que exista voluntad política, podrían evolucionar a procesos y acuerdos con bases participativas reales donde el Estado, las instituciones civiles, los creadores, la comunidad o los tejidos sociales, pensando en las necesidades, con amplio sentido democrático, pluralidad y polifonía política, consoliden canales según la naturaleza social para que los productos culturales, sin estigma alguno, surjan y convivan, sin imposición y quede a elección de cada uno asumirlos, reinventarlos, criticarlos o simplemente interactuar con ellos según el interés individual o común, pero todo ha quedado como cantera de buenas intenciones. Si el Plan de Nación estuviera bien definido en este aspecto y permitiera las discusiones del caso, bien pudiera contarnos mejor esta historia, pero no es así.

Un Estado nulo en materia de políticas culturales, sin cohesión social, sustentabilidad, no puede asumir los retos mayores de la cultura como la globalización, la accesibilidad, la diversidad, la investigación, la dinámica de las redes y nuevas plataformas comunicativas e incluso la naturaleza del mismo sector cultural. Un Estado que impone imaginarios culturales está más cerca del fascismo que de la democracia, pues el arte como expresión libre no puede ser instrumentalizado, todo lo contario, se trata de conocer, reflexionar, construir los espacios para que las expresiones que existen fluyan libremente. El mundo contemporáneo es complejo, el Estado como tal ya no tiene el monopolio de la creación de imaginarios culturales.

En Honduras hay magníficos poetas, escritores, intelectuales, artistas visuales, teatristas, historiadores, antropólogos, pero la infraestructura editorial es mínima y poco permite el mercadeo del libro o de los productos culturales creativos. Sin embargo existen en Honduras más de diez sellos editoriales independientes mantenidos con los sueños, el sudor y el hambre de muchos creadores. En el caso de las artes perfomáticas casi todos los espacios están dañados, sin embargo esto no ha sido obstáculo para que los directores y los actores, los artista de la danza, se las ingenien, abran espacios privados, espectáculos en espacios públicos y proyectos sociales en las ciudades, pueblos y aldeas del país. Además hay festivales de teatro que son referencia internacional, impulsados por los mismos artistas con sus recursos. En artes visuales estamos peor, país de pintores fantásticos, escultores, de una generación nueva de arte contemporáneo que no tienen lugar donde realizar sus muestras de arte y los espacios que hay se concentran en Tegucigalpa; queda agregar que la mayoría de instituciones que prestan estos servicios son fundaciones, espacios privados o subvencionados por la cooperación internacional. Hay que destacar las bienales de escultura, pintura dibujo y arte contemporáneo, los simposios de escultura para espacios públicos realizados por grupos de artistas en ciudades y pueblos del interior, esfuerzos también individuales, semiprivados. La promoción de la obra de arte es otro oficio que hacen los creadores, pues el Estado no ha realizado esfuerzos para ello; los diarios del país tienen pocos espacios para la cultura, deberían crearse más espacios para este tema, abrir la puerta a los intelectuales y capacitar en periodismo cultural. Los textos de la secretaría de educación poco hablan de la producción artística, si uno los lee parece que hablan de un país que existió hasta mediados del siglo pasado y el caso de la adquisición de textos es como una apertura de bulto de ropa de segunda donde se promulga la mediocridad, ya que al no existir especialistas se compran textos mediocres y no nuestra mejor literatura.


LOS DILEMAS DE LA GESTIÓN CULTURAL EN UN PAÍS EN CRISIS

En Honduras la gestión cultural se basa en el empirismo, pues muy pocos profesionales se han formado en este campo, y los creadores han tenido que desdoblarse en  productores y promotores de obra de arte. La necesidad ha labrado a esos héroes anónimos y muy pocos han tenido oportunidad de profesionalizarse en gestión cultural, los otros han tenido que aprender en el camino.

Si se hace un recuento de los grupos de arte independientes o alternativos, de su producción, promoción y compromiso por ampliar los horizontes con plataformas económicas irrisorias y con poco apoyo, se puede definir, sin pena alguna, que en los últimos diez años, estos grupos y personas han hecho más trabajo que cinco gestiones juntas del Estado. Y es que la secretaría de Cultura, Artes y Deportes de Honduras aún se ve como un apéndice de la administración pública, como un oscuro lugar donde las posibilidades radican en devorar los recursos bajo la oferta del empleo burocrático y el favor político.
No se tiene como visión hacer de la Secretaría de Cultura un mega espacio de gestión cultural, creadora y ejecutora de proyectos que vengan de los grupos o de los individuos que producen arte. Y digo de los grupos e individuos, pues nuestro Estado tiene una deuda ya impagable con los hondureños al ser incapaz de dialogar con los creadores, y peor aún, de interpretar las manifestaciones artísticas.  La salida más fácil es gastarse todo el presupuesto en empleados, dar pequeños montos para iniciativas pequeñas y adormecerse en una versión folclórica de la cultura que no sólo es decadente sino falsa, pues su basamento antropológico carece de un estudio profundo. Por eso es normal que se siga viendo como enunciado máximo a la cultura popular bajo el esquema de la expresión inocente de la ignorancia, del nacionalismo pueril que determina que entre más sencillo es el hondureño, entre más torpezas y regionalismo exprese, más hay de autenticidad y misterio en ese hombre que aún no conocemos: el hondureño, una aridez que no deja nacer la versión contemporánea del hondureño universal que pueda dialogar dentro de un universo superior: la cultura del mundo contemporáneo.
La gestión cultural no es la suma de una serie de actividades artísticas sin sentido alguno, de un festival eterno, sino de una reflexión superior cuya primicia tiene que ver con administración, mediación y oferta de recursos del imaginario patrimonial. La cultura y su gestión necesitan de infraestructura, de profesionales que la desarrollen y de la formación de espacios permanentes.

Se debe entender que al igual que otros aspectos y necesidades del hondureño, que quizá deberían suplirse con mayor urgencia, la cultura también es basamento del hombre a formar. Un país no progresará, ni estará en bonanza espiritual jamás sin un ideal que interprete el progreso como una saludable condición humana y no como una ambición sin sentido que le aliena y que le lleva en arrebatada carrera hacia ningún lugar.

Crear plataformas de gestión cultural con un sentido empresarial, con la apertura a negociar dentro de un sistema mayor: creadores, Estado, la cooperación internacional, el sistema educativo, instituciones culturales, es una meta que deberíamos tener todos como prioridad, y así, abrir un diálogo donde la naturaleza artística, siempre contradictoria y por ello hermosa, se funda con una entera democracia.

O nos pensamos o nos piensan, pero es una pena total renunciar a una posesión como el arte y a las posibilidades que este ofrece a un país. Es probable que el Estado no necesite del arte, pero los ciudadanos sí; en ese sentido hay que desdoblarse aún más, a la versión política de crear un sistema cultural que no dependa ni del Estado ni de la ayuda internacional, sino de una totalidad y de un ideal tan prometedor como la democracia misma. Tal aspiración debería estar presente en los planes de una nación como una vocación clarividente y no como una molestia marginal,  de este modo interiorizaríamos y conoceríamos mejor nuestro país.

Salvador Madrid