21 junio, 2015

Julio César Anariba, hacedor de relatos breves que revelan la complejidad de las cosas simples.



El Premio Europeo Hibueras 2012 en la rama de relato infantil deja un legado literario que debemos descubrir y atesorar.

Los niños de la comunidad de Camalote Campuca, Javier Vargas y yo conocimos hoy un país llamado “Amarizul” y me da por pensar, aquí en este patio de una escuela rural, mientras hundo la mirada en las lejanías, que ahí se mudó Julio César Anariba.
“Amarizul” es un país gobernado por los niños, está al final de un mar que aunque golpea en las playas del infinito no causa sensación de lejanía, sino de abrazo. Para entrar a ese país se debe comer una extraña fruta que nos vuelve niños; sólo de ese modo podemos ser habitantes de ese maravilloso reino al que se llega en barcazas cuyos remos son alas que huelen a cáscara de limón. Por supuesto que hay mucho de Honduras en ese reino, pero lo tenemos oculto, pues no queremos que los políticos, los depredadores de conciencias y los asesinos lleguen ahí.
Julio César Anariba, dignificó el oficio marginal de la creación; a pesar de saber mucho fue un hombre silencioso y humilde, un escritor honesto que no ocupó del ruido ni de las academias; su legado queda en sus cuentos breves y en sus cuentos infantiles aún inéditos y en varios jóvenes hondureños a quienes motivó para ser lectores y creadores. Su escritura intenta indagar el absurdo oculto en situaciones simples de la vida (o que parecen simples) textos que tienen un magnifico sentido del humor y la precisión de la micro ficción; cada uno de ellos vuelve por personajes que emergen de la estampa, de la ficción o de la cultura de masas. En cierto modo los planos narrativos de Anariba se nos presentan transparentes, definidos por una línea argumental casi medida milimétricamente, con adjetivaciones más cercanas al ritmo de la poesía que al de la prosa, hay en el desarrollo del relato una marcada inclinación fabulesca que sin duda le permite acercarse a los personajes con un ludismo picaresco donde sobrevive la inocencia y la interpretación de la realidad de una manera fresca e irónica.
El poeta Néstor Ulloa, uno de sus discípulos, lo retrata en palabras que son un homenaje y un reconocimiento al escritor de “Cuentos Chatarringas”, “Mi abuela tiene cien años y un poco más” y de la colección aún inédita de relatos “La jirafa Afa y otros cuentos”. Compartimos una colección de sus relatos para hacer memoria de este autor. Ojalá que su obra inédita pronto esté entre nosotros.


NUESTRO JULIO CÉSAR ANARIBA

Por Néstor Ulloa
“Decir Julio César Anariba es nombrar un ser como pocos: transparente y sencillo como sólo pueden serlo las almas nobles, su legado de vida pasa por una constante: fue un hombre coherente en su pensar, decir y accionar. La figura de Julio, para el pueblo de Ojos de agua, Comayagua ─este pueblito de piedras cenicientas, como alguien alguna vez lo definió, al referirse a Julio─  representa los grandes anhelos que sólo pueden ser evocados desde la más pura sensibilidad humana.
Julio, humildemente me atrevo a decirlo, es uno de los mejores narradores de Honduras, y para darse cuenta de ello, basta con leer sus cuentos. Sus primeros textos narrativos de Julio usaban como referencia personajes y locaciones de su querido pueblo; luego, esto se transformaría en una constante, como lo podemos apreciar al leer su único y hermoso libro publicado Cuentos chatarringas, donde confluyen la pureza de los personajes pueblerinos de carne y hueso (algunos incluso son familiares de Julio), con una certera pizca de extrañamiento para lograr el efecto magistral tan necesario en el relato breve, y que a Julio se le da, aparentemente, con suma naturalidad.

La cercanía con la noble profesión de la docencia, le permitió también incursionar con muy buen suceso en la literatura infantil. En los pocos textos inéditos de este género, que alguna vez pude leer, Julio demuestra que el escribir para niños se trata de fundar geniales obras narrativas que con inteligencia y sagacidad han sido escritas por un adulto, pensando en que los niños ven el mundo con una visión muy peculiar que los adultos hemos olvidado en el proceso de crecer, pero que recobramos cuando leemos y disfrutamos igual que los niños estos textos.
Recuerdo como si fuera ayer, cuando a mis diez años, Julio nos convocó a varios niños del pueblo para darnos lo que nosotros llamábamos “clases de poesía”. Mi vida cambió a partir de ese instante. Todo lo que soy hoy en día, en gran parte  es producto de esa empatía y esa calidad humana con la que Julio nos llevaba de la mano y paso a paso por esa etapa de nuestras vidas, enseñándonos a construir metáforas y símiles, y al mismo tiempo abriéndonos la puerta al hermoso universo de la lectura, del cual ya nunca quisimos salir. Y digo literalmente que nos abrió la puerta, porque así era él, jamás forzaba las cosas. Así, Karina, Laly, Yadi, Moncho, Nando, Favio, Elcy y este servidor, esperábamos con ansia que llegara el sábado, día en que Julio regresaba al pueblo desde Tegucigalpa, para reunirse y conversar con nosotros y poder mostrarle lo que habíamos escrito durante la semana.

Julio, sin proponérselo siquiera, influyó tanto en mi vida y en la de tantos y tantas del pueblo, que todos en más de algún momento de nuestras vidas deseamos poder llegar a ser siquiera la mitad del ser humano que él fue. Siempre lo recordaremos por su palabra precisa y cariñosa, por su abrazo cristalino, por su nobleza y don de gente para con todos y todas, sin distinción de ningún tipo. Y yo, hoy por hoy, no puedo más que dolerme de la partida de aquel que con total desinterés contribuyó a dar forma a mi esencia y  a templar mi espíritu; aquel, a quién desde niño yo llamé profesor y quien siempre me llamó amigo.”


SELECCIÓN DE “CUENTOS CHATARRINGAS” DEL ESCRITOR JULIO CÉSAR ANARIBA

EL DUENDE 

Era una migajita de hombre: apenas sesenta centímetros. Era de piel verde, nariz achatada, cejas pobladas, pies hacia atrás. Un gran sombrero, una sonrisa cabrona y unos ojillos de ratón en celo. Estaba sentado a la orilla del pozo y ejecutaba con maestría la guitarra...De pronto apareció por ahí una muchacha preciosa, cantando con la cintura y sonriendo con el ombligo...El hombrecillo entonces la ve,  

                                   calla 

                                   tiembla 


¡Y sale corriendo!... Es que Rosita Turcios le había contado que la Sucia siempre se presentaba ante los hombres con el cuerpo de una mujer bonita. 

LAS TREINTA MONEDAS 

Le pedí que hiciéramos el amor por última vez, que mañana −le expliqué− me iba para siempre y que nunca más volveríamos a desarreglar las sábanas juntos. Ella entonces cerró los ojos, separó sus muslos blancos y me señaló el Corazón de Jesús, que nos miraba incrédulo desde la pared.  "Venite pues, pero apúrate que no he terminado de rezar". después, sólo recuerdo un quejidito tonto, casi lastimero...Nunca más la vi de nuevo. Al Corazón de Jesús sí, aquí lo tengo: me lo vendió por treinta monedas. 


LUNES (6:30 A.M.) 

(A Bárbara y John y su café de verdad) 

Frente al hombre, una taza de café caliente. Parece inquieto: fuma, voltea y mira hacia la puerta. Tiene la certeza de que en cualquier momento llegarán. Hoy se ha puesto la camisa más blanca. Hoy se ha peinado a lo Valentino. Sus zapatos brillan casi hasta el ridículo...El café se está enfriando. De pronto tocan la puerta. No toc, toc, toc, como en los cuentos de niños; sino, un gran pram, pram, desesperado como en las películas...El hombre voltea...

−Empuje.

−Está Trancada.

−¡Como hombre!

Derriban la puerta y se lo llevan: él les grita que lo dejen terminar el café. Que por qué nunca lo dejan terminarse el maldito café...


EL ÁRBOL 


Es jueves.

El jaguar está al pie del árbol. Husmea. Se relame. 

La Presa, en la copa, muy alto. El Jaguar tiene hambre. 

La presa también. Los dos tienen hambre. Pasan las horas...El hambre no se mueve: el día, sí, y se acerca la noche. Se acerca el sueño. El jaguar tiene sueño. La presa también. 

Los dos tienen sueño.

Se duermen los dos: el jaguar al pie del árbol, la presa en la copa. 

Rueda la noche. Rueda. Asoma el día: el jaguar se despierta, la presa también...

Hambre.

Solo hambre: arriba y abajo. Hambre aquí. Hambre allá. Miradas hacia arriba, Miradas hacia abajo. Hambre Tiempo. Árbol. Jaguar. Tiempo. Árbol.

Presa...

Y noche.

Y sueño otra vez. 

El viento se desespereza. Se levanta. Bosteza. Se mueve el árbol apenas. 

¡La presa se tambalea! 

Aquí, allá...¡cae!

...El jaguar se ha ido ya. Es viernes. 



JACKSON

A Michel Jackson lo atacó una endemoniada gripe un viernes en la tarde. Seis doctores y catorce brujos se declararon incapaces de curarlo. Su médico de cabecera se decidió entonces,  como último recurso, cruzar todo México y parte de Centroamérica hasta encontrar en un pueblecito Hondureño, al otro lado del río Humuya, a Mariana Hernández, curandera y políglota natural, rezadora desde los tres años y con ataques de locura libidinosa cada Viernes Santo... Una vela, un mantel blanco, seis monedas de plata y una fotografía del cantante (sin el pañal en la cara)  fueron suficientes. Mariana Hernández  no se anduvo por las ramas: "Una Mejoral para niños antes de acostarse...pero sin niños".


EL TESORO

Antes de morir el anciano les dijo claramente a sus tres hijos dónde debían escarbar para encontrar las treinta monedas antiguas que les dejaba como herencia. Así durante noches y días interminables escarbaron sin cesar.

...Y nada. 

Nada, absolutamente nada.

Al fin, una tarde de tantas, y mientras descansaban al pie de un árbol y a punto de dormirse, sucedió lo inesperado.

       ¡Tic!

       ¡Tic! 

       ¡Tic!...

Los tres despertaron: tres zanates cochinos les habían cagado las cabezas. 


MACARIO

En la casita, un cuarto, en el cuarto una cama. En la cama, sentado, un hombre. En ese hombre, nadie: soló un revólver en su mano derecha. La punta del revólver, en su sien. Su dedo índice, en el gatillo.

   Aprieta despacio...

   Despacio.

   Despacio. 

   ...Más. Un poco más. 

San Martín de Porres lo ve impávido desde la pared... Tiembla. Cierra los ojos... Aprieta un poco más...

Sólo un poco más...De repente, un fuerte olor a velas, rosas, y llanto parecen hacerlo desistir. El primer gallo canta triste. En el cuarto, una cama...  


LA BROMA

Me apuntó con su pistola entre los ojos. Un frío extraño me lamió la nuca.

 −No me mates− le supliqué. 

−Sólo bromeo, tonto −creo que me respondió. 

No estoy muy seguro... Cierto: no estoy seguro. 


UN DÍA DESPÚES 

Al negro de maría lo encontraron hecho pedacitos en una banca del parque. Era un lunes,

quince de febrero, lo recuerdo bien. A mí me dijeron ya cuando todo el pueblo y sus doscientos perros lo sabían. 

−Se echaron al Negro− me dijo Valentín, con su paciencia de indio...Entonces fue cuando salí corriendo con un trago de café caliente en la boca... Ahí estaba el pobre hombre: acurrucadito en una de las bancas, como que tuviese frío. No le habían dejado pedacito bueno en el cuerpo. Parecía que le habían matado sólo para matar el tiempo. Su inmenso pantalón azul, que usaba todos los domingos para ir a ver a su novia, parecía pesarle el doble por la cantidad de sangre. Y en el cuello le colgaba una cadenita triste de fantasía con una pequeña medalla. En ella apenas podía leerse algo así como "I love you". 

MI BEBITO LINDO 

Cuando  benjamín se Jesús  nació, todo el pueblo quedó paralizado: era un niño espectacularmente feo. 

Nació pelón, sólo con una manita de pelos crespos en la nuca. 

Sus ojillos daban lástima: nadie sabía a quién diablos miraba. La casa se llenaba de gente todos los días con la dudosa intención de felicitar a la nueva mamá, pero de inmediato salían al pequeño patio a revolcarse de la risa...Al tercer día le nació un diente amarillo que le colgaba de la encía y a veces le quedaba por fuera de la boca. (Una tarde, su gallina negra preferida le hizo el favor de arrancárselo de un solo picotazo). Benjamín de Jesús no lloraba y no reía. Para colmo, Hacía caca cada media hora, con un tufo tan espantoso y fétido que todo el pueblo hacía una pausa obligada en sus comidas... Bueno, pero la vida ya no podía ser más cruel con él. A los 8 años escuchó de su madre la frase más bella del mundo: "Vengache, mi negrito". No lo podía creer: le había nacido un hermanita...

La niña más escandalosamente fea que se haya ocurrido parir a una mujer. 


ERNESTINA

Ernestina amaneció un sábado con unas espantosas ganas de matarse. Temprano se tomó una taza de café amargo y se dirigió al altísimo campanario de la vieja iglesia. "Cuando me haga pedazos en el suelo ya vendré muerta" se consoló pensando... con pasitos cortos, como que iba a rezar, subió uno de los escalones... Y lista. Fijó la vista hacia abajo: el parque estaba fresco y solitario. No había testigos. "Allá va esta vieja tonta"  pensó, lanzándose al vacío y sin soltar el rosario. "Vaya -dijo don Salomón que a escondidas la observaba-   se mató esa vieja tonta...". Y se persignó, con su infaltable cigarro en la boca. 


LAS VUELTAS DEL PERRO

El perro dio tres aburridas vueltas antes de echar su siestecita de la tarde. Entrecerró sus ojillos de haragán en parranda, y no se percató de que a su izquierda, burlón, lo miraba el gato. 

−Sólo dos vueltas diste− le dijo el felino

−di tres como siempre −le respondió incómodo el perro. 

−Soló diste dos, tonto. 

−Dije que tres. Hace catorce años que lo hago y nunca me equivoco.

−El gato entonces con una sonrisa burlona en sus bigotes, se acurrucó más y dormitó...

  y el perro pensó: "Mañana doy cuatro, felino penco".

PURO CUENTO

Conejo y tortuga decidieron un día aclarar quién de los dos era el más veloz. Toda la chusma de la selva, incluida una docena de escritores, se dieron cita en un claro del bosque...

    Uno

    Dos

    Tres...Y la carrera inició. Conejo salió como una bala, y llegó a la meta en veinte segundos. Y tortuga, lenta comiendo hierbitas tontas en el camino, apenas lleva recorridos dos pinches metros, confiada en el viejo cuento. En el puro cuento...hasta el día de hoy.