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Roberto Benítez, hacia el hastío de un tiempo prometido donde el amor nos salve

Ese primer idilio de un poeta con la poesía se desbarata cuando se da un descubrimiento: el de la orfandad, no sólo personal o íntima, sino la del inconsciente colectivo, ese río sin cauce que nos dispersa hacia una diáspora signada cada vez más por la imposibilidad. El poeta Roberto Benítez nos trae de esa catástrofe los ecos, los despojos, y su manera es llana, propia de una angustia que le viene de su trato con la ciudad, con la soledad y sobre todo con un extraño erotismo.

De la ciudad su poesía arrasa con lo que ya no está o con lo que no posee, su parquedad asciende como humareda siempre a ras de suelo que ata a la multitud que no sabe o que sabe fingir pertenencia a los bordes perfectos del abismo urbano. De la soledad, Benítez, nos entrega la fragilidad de las cosas sencillas porque en ese inaudito mundo de lo cotidiano es donde el hastío desbarata las pequeñas huellas de un mundo donde sobrevivir es la suma de las complejidades y la costumbre no es una vieja conocida, sino más bien la constructora de unos presagios cuyo reconocimiento nos llevan a la duda, esa duda que es más letal porque surge ahí, en ese resplandor de las cosas que creemos conocer y que al final del día son apenas la sombra de un pasado que babea en el aquí que suponemos nuestro presente, la soledad es de ese modo una presencia que acecha y borra ese resplandor de la luz dejada por las miradas perdidas. Pero es en el erotismo donde la poesía de Benítez nos regresa a la búsqueda de una humanidad que ve lejana la esperanza y trata de encontrar en el cuerpo amado no sólo el deleite trivial, sino la transparencia de una furiosa necesidad de pertenecer a algo; en ese sentido la poesía de Benítez vuelve sobre las preguntas antiguas que los seres humanos hicieron desde siempre: qué significa habitar en otro pensamiento, en otro deseo, en otra intrepidez; el deseo es la conquista de lo que no somos o es la contemplación de lo que habremos de poseer.

“A orillas de la costumbre” es el primer libro de Roberto Benítez, un poesía despojada de preciosismos y con puntuales señales del tono conversacional y de la enumeración retórica; en cierto momentos hay caídas en lugares comunes, pero tiene de fondo la transparencia de un poeta que ha sabido dignificar este hábito de la sobrevivencia y del absurdo del tiempo a través de la contemplación crítica de la vida cotidiana desde una orilla que es filo y ostracismo e intento por salvar lo que se supone es memorable y vital para el oficio de vivir y desde luego de escribir. En su otro libro, “Casa rota”, aún inédito, Benítez, retoma ese caos ceremonioso de las pérdidas y aspira a sacudirlo de cualquier mirada romántica o alienada para bruñirlo y que surja así el acero de las heridas y su filo dejado como prueba de humanismo, no de fragilidad, como un asco que redime el más osado de los trabajos de un poeta: hacer ver la vida como primicia y causa esencial de los que sobreviven y otra vez aman sin miedo a nada.

Compartimos algunos de los poemas de este poeta joven de Honduras y les invitamos a leer su obra.
POEMAS DEL LIBRO “A ORILLAS DE LA COSTUMBRE”


UN ÁNGEL


Vos con un ángel
que robe distancias y alargue tus años
que asuma noblemente
que la única frontera entre vos y la locura
es la misma, que divide la ternura y la piel,
porque no hay distancia más absurda
que la que nos aleja de nosotros mismos,
un ángel
que caiga en picada
hasta los restos de vos que se van amontonando bajo la cama,
explotando en una metralla de luciérnagas que incendien
lo que te queda de humanidad.
Un ángel que soborne a la casualidad
con una promesa de barro
y te haga tropezar con la fragilidad de tus recuerdos
en los ojos de cualquiera,
que se vista de palabras
y se asome a tu boca un milagro.

AUSENTE

Te busco
se esconden los caminos,
no sé cómo cruzare la frontera con pasaporte de mendigo
ahora que eres extranjera en mi nostalgia,
aquí
gobierno tuertos
en este infierno que reclama tu calor,
el olvido es el pecado,
y en el cielo ya no caben más ayeres,
el futuro llega con una hora de retraso,
mientras improviso alas con lo que me queda de inocencia;
te siento caer 
me visto más estrafalario que de lunes a domingo
y me quedo haciendo malabares con la tristeza.


CLAROSCURO

Aunque dudo, como duda un ocaso
rompo las esquinas y arrebato de las calles semáforos en verde
revoluciono a las palomas
y desnudo catedrales,
me estaciono en avenida, pienso un poco en mí.
Una vendedora tiene tus ojos,
le compro un par de intenciones
y le amarro a la falda un poema;
de pronto
un reloj me espanta,
un mendigo me regala media esperanza,
le hablo de tus piernas eternas
de tu silencio injusto
y de mi calma moribunda,
y ahí, justo cuando el día se vuelve transparente
me decido
y corro hasta tu puerta
con la fuerza de un presentimiento.

CUCHILLO DE PALO


Te envió las llaves de las cadenas que no existen
Abro las rejas a la jaula de paja
Suelto las amarras al barco de papel
Mientras desato los cordones a los zapatos de tus pies descalzos
Rompo las agujas del reloj de arena que marco el tiempo que estuvimos
Cicatrizo las heridas que dejo en la piel el cuchillo de palo.

            

UNO

Sólo a veces me desnudo
solo,
en contra del reloj
a orillas de la costumbre
naufragando a favor de la corriente
guardando pudor en el armario.

Sólo a veces me suicido,
solo,
resucitando con la resaca pegada a la garganta,
repitiendo atardeceres,
como quien se burla de los lunes.

Sólo a veces me visto de inocencia,
solo,
jugando a las escondidas con el hambre,
sobornando a la casualidad,
dibujando margaritas en el calendario,
persiguiendo policías en el jardín.

Sólo a veces me arrodillo,
solo,
dándole la espalda a la soberbia,
sonriéndole al espejo,
estirando el alma en la cama,
para salir desnudo a la calle
y regalar pecados en la esquina.


DOS

Sólo a veces dejo anochecer mi cuarto,
solo,
sin vapores pegándose al techo
sin relojes marcando ausencias
sin la caída de la ropa como signo de rendición
sin el bochorno de la desnudez iluminada
sin la maraña de las sombras sin nombre
sin la caja de pretextos anunciando maná en lata,
sin medias naranjas de pelo rubio, de pelo oscuro
sin la rabia del casero a fin de mes
sin la nostalgia sollozando en la ventana
sin la espera bostezando junto al manojo de llaves
sin la prisa martillando las paredes, desordenando la cama
sin las madrugadas golpeando la puerta
sin la infancia escondiéndose baja la cama
sin la navaja cortando el insomnio
desvelando la agonía
sin recuerdos redimiendo la soledad
sin el amanecer suicidando la calma.


TRES

Casi por costumbre,
amanezco,
ahogando al desvelo en la ducha,
con el labial marcando territorio en el cuello de mi camisa,
con la abstinencia marchitándose en los zapatos,
con jirones de infancia en las manos,
con la corbata ahorcándose en el ropero.


EXTRAÑO, TODAVÍA

No sé cómo,
(todavía)
podría no morir
cómo lograre vencer al espejo
al miedo, a todo el miedo;
a la vergüenza que me ato al cuello
y me lleva al fondo más común.

no quiero partir a escondidas
ni llorar a los vencidos desarmado,
levantar la bandera y enarbolar la cobardía
quedarme en las trincheras hasta olvidar mi nombre,

Siento
que el alma se me pudre
en esas noches que me encuentran fornicando con la costumbre,
que adentro cabe el mundo con su humedad de siglos
con su pobreza añeja,
que no quisiera amanecer bostezando resignación,
pagar a fin de mes mi encierro con vista al mar,
mandar postales al olvido....





POEMAS DEL LIBRO INÉDITO “CASA ROTA”

AQUÍ LA LLUVIA

A veces me llueve, desde dentro a tu recuerdo, de mis ojos a tu ropa, de mis entrañas a
tu cuerpo.

Aquí la lluvia no alimenta nostalgia, no baña tristezas ni ablanda la tierra. Y sigo esperando, recordando, una calle interminable en una ciudad recién lavada, mis pasos y mi cuerpo como un árbol después de la lluvia, como la lluvia a media caída; y es que hay algo en la lluvia que deja el cielo como una sábana recién tendida, como la risa de mi ma­dre, como las luces en diciembre, como incienso en tu pelo, como verte de pie (de espaldas y desnuda).

Ahora llueve, no quiero bajo ninguna circunstancia que el frío me recuerde tu piel, tu mano, el temblor de tu boca o los fantasmas de tu aliento.

Porque este saco-roto-corazón no sirve para esto, esto de decir te quiero (aunque te quiero) se le da me­jor el odio, el casi olvido.

Y es que no quedan despedidas para retrasar tus pa­sos; escribo boca, beso y quedo en espera para dolerme, lamer heridas, esperar que el tiempo haga su magia; mientras te sufro, fran­ca, estoicamente, con esta tu extraña ausencia, esta soledad nuestra sin ventanas.


SOY BUENO

Soy bueno
llego a casa con mi paternal cansancio
con mi sueldo intacto y unos dulces
Soy verdaderamente bueno
cada día en mi trabajo atiendo a la gente
con mi cara de empleado satisfecho
con mi cara de aspirante a presidente
y unas ganas ocultas de matar
a veces limpio
y estoy muy orgulloso de lo poco que se necesita
para ser estúpidamente feliz y cristalino
Soy muy bueno
hablo de futuro como quien no tiene pasado
y con sus palabras lava culpas
oscuras intenciones
y una moral útil para entrar en las iglesias
a veces en los autobuses suben ebrios payasos
cuentan sus chistes sucios me río
y me sale barata la felicidad
Soy bueno
odio poco a conciencia
con una piedra en cada mano
y una disculpa entre los dientes
Soy realmente bueno
la gente me quiere yo los quiero a ellos
me cuentan sus tristezas sus simples alegrías
algunos miedos y hasta lloran
yo en cambio los escucho les digo:
claro usted tiene la razón
los abrazo los consuelo y ruego que me olviden
En verdad soy bueno
me ha costado mucho convencerme porque…
sólo la gente buena se equivoca, sólo la gente buena se lava cada lunes la conciencia y plancha su rostro y perfuma su existencia; hace fila con paciencia de do­mingo, y los domingos celebra cumpleaños, bodas, toda clase de humanidades; y se lava cada lunes la conciencia y plancha su rostro y…..

ALGO PARA EL CAMINO

Quiero que te que quedes;
un segundo,
lo que tarde mi boca en extrañar tu boca,
el tiempo que me tome memorizar una canción,
o lo que tarda Woody Allen en hacernos sentir incompletos.
Quiero que te quedes
arrellanada en mi nostalgia,
improvisando ternura mientras se congela mi café,
sin una explicación de menos ni un odio de más,
lo justo para que te quedes;
para que un día cualquiera tu recuerdo
me llueva tierna y mansamente
como una pestaña barriendo mi mejilla
como el paso de unos años aletargados.