
Cuando conocí a Samuel Trigueros,
tuve dos impresiones que tiempo después serían vitales para que fuésemos amigos
y compañeros en Paíspoesible.
La primera, fueron las lecturas de Samuel Trigueros, pero más que recuentos, admiré su capacidad de interpretar esas lecturas, con un sosiego e inteligencia cuya rareza no deja de llamar la atención; no era el recién conocido un hombre que en la conversación se disparara con salvas de citas y de autores, al contrario, al momento de la conversación, se podía percibir, a un buen lector, cuyo interés reposaba en la especificidad, en las formas de construcción de tal novela o en la reflexión sobre el lenguaje y sus laberintos en el caso de la poesía. Cuestión de gustos dijeron otros interlocutores. Razones de inteligencia, pensé yo en silencio.
Y así me acerqué en la conversación, porque de algún modo Trigueros tenía la certeza de esas razones, no eran bagatelas, ni aspiraciones al centro de la conversación, era la necesaria postura de quien ha ganado más vidas que la biológica y más desenfado para aprender.
La segunda impresión, fue al conocer su poesía: descubrí a un poeta, que a pesar de sus breves publicaciones en suplementos, revistas y uno que otro espacio virtual, denotaba que era un poeta de oficio, entendida la palabra oficio, como el necesario conocimiento del lenguaje literario.
La primera, fueron las lecturas de Samuel Trigueros, pero más que recuentos, admiré su capacidad de interpretar esas lecturas, con un sosiego e inteligencia cuya rareza no deja de llamar la atención; no era el recién conocido un hombre que en la conversación se disparara con salvas de citas y de autores, al contrario, al momento de la conversación, se podía percibir, a un buen lector, cuyo interés reposaba en la especificidad, en las formas de construcción de tal novela o en la reflexión sobre el lenguaje y sus laberintos en el caso de la poesía. Cuestión de gustos dijeron otros interlocutores. Razones de inteligencia, pensé yo en silencio.
Y así me acerqué en la conversación, porque de algún modo Trigueros tenía la certeza de esas razones, no eran bagatelas, ni aspiraciones al centro de la conversación, era la necesaria postura de quien ha ganado más vidas que la biológica y más desenfado para aprender.
La segunda impresión, fue al conocer su poesía: descubrí a un poeta, que a pesar de sus breves publicaciones en suplementos, revistas y uno que otro espacio virtual, denotaba que era un poeta de oficio, entendida la palabra oficio, como el necesario conocimiento del lenguaje literario.
“Animal de Ritos” fue escrito
cuando Samuel Trigueros tenía unos veintiséis años. Nunca vio la luz de la
publicación en los próximos diez años a su escritura, por las razones harto
conocidas en un país como Honduras. Sin embargo, en el año 2003, la Alianza
Francesa, La Embajada de Francia en Honduras y La Secretaría de Cultura Artes y
Deportes convocaron al Premio de Poesía Víctor Hugo; fue ahí donde, por un
instante, se conoció públicamente la existencia del libro ya que se le otorgó
el Premio. Y fue por un instante, porque La Alianza Francesa y la Embajada de
Francia, cumplieron con el compromiso de las bases: la dotación económica, no
así, la Secretaría de Cultura, donde engañaron al creador y no publicaron el
libro, haciendo quedar mal ante la comunidad artística a los demás
organizadores. El jurado del certamen estaba compuesto por Sara Rolla, Roberto
Sosa, José Adán Castelar, Donaldo Altamirano y Juan Octavio Valencia. Pero a
todo buen libro le llega su hora. El sello editorial il miglior fabbro publicó
el libro en el año 2006, por sus méritos y por lo que representa dentro la
actual poesía hondureña.
Entrando en el texto, hay que
mencionar que “Animal de Ritos” de Samuel Trigueros, trata, en cierto modo, de
un viaje a las rutinas del hombre, o más bien, a las ruinas del hombre, en las
que se sostiene la inconciencia, la quimera y la equivocada visión de que el
mundo nos afecta a fuerza de pertenecer a la cotidianeidad que se aposenta de
manera orgánica, como si esta fuera independiente y no una construcción de la
fuerza del hombre.
En este libro, entrañan, una sustancial capacidad técnica, cuyo atributo reposa en la síntesis, en la economía del lenguaje, en la prerrogativa de la cordura y la intuición, como aliento que modula el buen juicio de su creador, y en la poderosa virtud, de un poeta, que comprende la esencia de los rituales rutinarios del hombre, pero que a veces, intencionalmente, arriesga por la periferia de esos rituales.
No es circunstancial, entonces, que unas veces, los estados de ánimo de las criaturas que deambulan oscuramente en las letras de Trigueros, tengan como único atributo las que la atmósfera determina.
Este es uno de los libros mejor logrados de la generación de poetas actuales de Honduras, leerlo, es acercarnos a una sordidez que no es extraña a nuestros hábitos, ni a nuestras máscaras.
En este libro, entrañan, una sustancial capacidad técnica, cuyo atributo reposa en la síntesis, en la economía del lenguaje, en la prerrogativa de la cordura y la intuición, como aliento que modula el buen juicio de su creador, y en la poderosa virtud, de un poeta, que comprende la esencia de los rituales rutinarios del hombre, pero que a veces, intencionalmente, arriesga por la periferia de esos rituales.
No es circunstancial, entonces, que unas veces, los estados de ánimo de las criaturas que deambulan oscuramente en las letras de Trigueros, tengan como único atributo las que la atmósfera determina.
Este es uno de los libros mejor logrados de la generación de poetas actuales de Honduras, leerlo, es acercarnos a una sordidez que no es extraña a nuestros hábitos, ni a nuestras máscaras.
Es grato encontrarse con un
creador que suma e irrumpe la forma de tratar la cotidianeidad de manera
distinta a la usanza de muchos creadores. Ya que a veces el tema cotidiano, es
asumido, nada más como la suma de acontecimientos que sirven de ambiente a las
actividades humanas, pero no se cuestiona este sistema de cosas, más allá de la
apariencia.
No hay razón para juzgar, puesto que las elecciones de un creador sobre cómo decir o escribir, o más bien cómo enfrentarse a la vida que edifica el material de sus creaciones, le corresponde a su responsabilidad, no a la sola y absoluta libertad con que muchos poetas o artistas visuales hondureños quieren, a fuerza, hacer ver en sus obras.
La libertad del que crea es intocable, pero la libertad creativa, no es arrogancia, complacencia, o el equivocado ánimo de hacer lo que venga en gana o lo que surja de la casualidad, producto de mezclar colores o palabras. La libertad creativa tiene que ver también con asumirse libre de ignorancia y con el conocimiento de cierta esencia que es inevitable poseer para hacer arte.
Y lo de poseer, no es gratuito, ni aparece como un amuleto bajo la almohada un día de tantos. Al hablar de la fragilidad con que se asume lo cotidiano, es necesario volver al marxismo, que nos ha enseñado que tal percepción es equivocada y alienadora, puesto que arroja al hombre como ser que se mueve entre un mundo preexistente, determinado y que no es capaz de penetrar su propia realidad, porque carece del juicio certero que la realidad es creada por él.
En este sentido, antes de escribir sobre otros elementos de este libro, quisiera recordar a Karel Kosík, quien en “Dialéctica de lo concreto”, aborda el sentido de la cotidianeidad y la historia, haciendo énfasis, en la manera cómo los hombres entienden estos supuestos y cómo arremeten contra su vida. Kosík, señala que, La cotidianidad y la Historia se compenetran; en esta compenetración cambian su carácter, supuesto o aparente: la cotidianidad no es lo que cree la conciencia común ni la Historia es tampoco lo que se manifiesta a la conciencia ordinaria. La conciencia ingenua considera la cotidianidad como la atmósfera natural o como la realidad íntima y familiar, mientras la Historia se le aparece como la realidad trascendente, que se desarrolla a espaldas suyas y que irrumpe en la vida de cada día como una catástrofe en la que el individuo se ve arrojado de manera igualmente ¨fatal¨ a la manera como las bestias son empujadas al matadero.
No hay razón para juzgar, puesto que las elecciones de un creador sobre cómo decir o escribir, o más bien cómo enfrentarse a la vida que edifica el material de sus creaciones, le corresponde a su responsabilidad, no a la sola y absoluta libertad con que muchos poetas o artistas visuales hondureños quieren, a fuerza, hacer ver en sus obras.
La libertad del que crea es intocable, pero la libertad creativa, no es arrogancia, complacencia, o el equivocado ánimo de hacer lo que venga en gana o lo que surja de la casualidad, producto de mezclar colores o palabras. La libertad creativa tiene que ver también con asumirse libre de ignorancia y con el conocimiento de cierta esencia que es inevitable poseer para hacer arte.
Y lo de poseer, no es gratuito, ni aparece como un amuleto bajo la almohada un día de tantos. Al hablar de la fragilidad con que se asume lo cotidiano, es necesario volver al marxismo, que nos ha enseñado que tal percepción es equivocada y alienadora, puesto que arroja al hombre como ser que se mueve entre un mundo preexistente, determinado y que no es capaz de penetrar su propia realidad, porque carece del juicio certero que la realidad es creada por él.
En este sentido, antes de escribir sobre otros elementos de este libro, quisiera recordar a Karel Kosík, quien en “Dialéctica de lo concreto”, aborda el sentido de la cotidianeidad y la historia, haciendo énfasis, en la manera cómo los hombres entienden estos supuestos y cómo arremeten contra su vida. Kosík, señala que, La cotidianidad y la Historia se compenetran; en esta compenetración cambian su carácter, supuesto o aparente: la cotidianidad no es lo que cree la conciencia común ni la Historia es tampoco lo que se manifiesta a la conciencia ordinaria. La conciencia ingenua considera la cotidianidad como la atmósfera natural o como la realidad íntima y familiar, mientras la Historia se le aparece como la realidad trascendente, que se desarrolla a espaldas suyas y que irrumpe en la vida de cada día como una catástrofe en la que el individuo se ve arrojado de manera igualmente ¨fatal¨ a la manera como las bestias son empujadas al matadero.
Y vuelvo al libro, vuelvo a la
poesía que no solamente es evocación, sustrato de la apariencia o enajenación,
sino posibilidad y más que eso herramienta para conocer el mundo. Tal
percepción es la que tengo de este libro. Cuya brevedad debe asumirse como
esencia y cuyos poemas dejan ver, la claridad con que el creador construyó los
mismos. No son retóricos, ni elaborados, sino que denotan la conciencia
creativa que los mueve. Y pienso que admiten desde sus elementos ese universo
que los alimenta. El poeta, en claro idioma, determina esta relación en varios
momentos del libro, por efectos de espacio, en esta nota mencionaré tres, cuya
sutileza es de admirar: el primero en la dedicatoria que reza: “al asombroso
hombre común”, enunciado que no es un homenaje, sino una ironía, puesto que el
hombre común al que se refiere el poeta en la dedicatoria, es el mismo que
delatará en los poemas, y nada tiene de héroe, ni siquiera hay en los poemas
alguna misericordia para él.
Ya adentro del libro, en el poema
“Objetos”, hay una referencia a este desplome, y no es religiosa, como alguien
lo puede imaginar; porque se liga esa caída con la condición material del hombre,
pero dejándole como espejismo una presencia metafísica: “Nadie podrá quitarnos/
el fruto seco del olvido/el infinito libro del recuerdo/y el doloroso sueño que
se alimenta de cansancio… Nadie podrá despojarnos jamás/ de estos
objetos/hurtados sin fe/del paraíso”.
El otro momento, es el primer
poema del libro; no es casual que lleve el nombre de “Inscripción”, y es la
fundación de la dicotomía entre el creador que explora el mundo de la rutina y
los seres o los fantasmas que en él encontrará. Insisto, una vez más en el
sentido del viaje en el libro, sin la tentativa de la epopeya por supuesto o de
la mediación espacial y aquí yace lo hermoso y lo poético: no es el viaje, la
sola experiencia física ante la realidad, sino una exploración a la conciencia
que tiene de esa realidad el creador.
Tal escenario demuestra la gran capacidad de Trigueros, que en este caso, no crea un mundo, sino que traslada el mundo y lo coloca a merced de la reflexión personal, no lo nombra, ni lo nutre, ni siquiera lo palpa, sino que recurre a la metáfora para entenderlo desde las interrogantes que su conciencia le exige: “¿Quién entra por mi sangre?/¿Un relámpago de sangre un caballo/una voz prohibida/una visión maldita que sale como un monstruo herido y domeñado/una mujer/una tiniebla/una palabra/la inextricable labor/ de un dios conocido.” Y luego, al encontrarse con ese mundo cotidiano, que es el paraíso de los condenados, porque su libertad y su comodidad consiste en su desventura, retribuye, lo otro, la interioridad del creador como mediadora: “Un nudo es lo que ofrezco/o un silencio. /Lo demás es mío. /Quien pueda entrar que entre”.
Tal escenario demuestra la gran capacidad de Trigueros, que en este caso, no crea un mundo, sino que traslada el mundo y lo coloca a merced de la reflexión personal, no lo nombra, ni lo nutre, ni siquiera lo palpa, sino que recurre a la metáfora para entenderlo desde las interrogantes que su conciencia le exige: “¿Quién entra por mi sangre?/¿Un relámpago de sangre un caballo/una voz prohibida/una visión maldita que sale como un monstruo herido y domeñado/una mujer/una tiniebla/una palabra/la inextricable labor/ de un dios conocido.” Y luego, al encontrarse con ese mundo cotidiano, que es el paraíso de los condenados, porque su libertad y su comodidad consiste en su desventura, retribuye, lo otro, la interioridad del creador como mediadora: “Un nudo es lo que ofrezco/o un silencio. /Lo demás es mío. /Quien pueda entrar que entre”.
El tercer momento se determina a
lo largo del poemario y tiene que ver con la naturaleza formal de los poemas.
Ya he hecho referencia a algunos elementos, pero es necesario considerar, el
ritmo de los poemas, en como este parece subordinado a la imagen y no a la
frase o a la estructura sintáctica. Lo otro es la precisión de tal conjunto, no
es el poema una caja cerrada, aparece para iniciar y dejar al lector, con sus
propias conclusiones, pero tentado por volver a ese mundo donde se acumula el
detritus de la mansedumbre y la repetición vuelta fe.
Los seres de “Animal de Ritos”,
son incapaces de entender su mundo y sin embargo se asumen felices y plenos. La
voz creadora de “Animal de Ritos”, los descubre y los delata, y para elevarlos
tiene que tratarlos como energúmenos, sujetos no al pecado de su origen, sino a
su artificiosa existencia, como sucede en la vida; sólo que esta vez no ha sido
necesaria una maldición divina, sino la práctica de su vacuidad, la que les
sirve de columna vertebral para sostenerse exhalando en la vida común y en los
rincones cargados de naturalezas muertas con las que pretenden engañar su
proceder, su estancia y su memoria.