18 agosto, 2010

Pensando en la Bienal de Honduras



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Hace un par de años, en el contexto de la Segunda Bienal de las Artes Visuales de Honduras, fui invitado a dar una conferencia por los organizadores. De aquel primer documento surgió un artículo que Felipe Rivera Burgos publicó en su suplemento Orbis con el título El verdadero artista crea sus signos; este documento tuvo enorme receptividad. Mi intención con ese texto era ahondar en el trabajo de la crítica de artes visuales, las instituciones y los artistas en el caso de Honduras. Todo está pendiente aún en este caso, porque lo que antes era realidad en este país, donde las tareas históricas no pasan ni siquiera de la faceta del planteamiento, hoy parecen, saliva rosada de los chiquillos rebeldes del folclor pseudo urbano local.
Estoy interesadísimo en la Bienal de las Artes Visuales de Honduras, y  he escrito cuatro textos sobre ella, digamos que no soy el más inteligente, pero sí quien más se ha tratado de acercar a sus obras, a sus certezas y a su equívocos. Hoy cuelgo del blog el artículo Un caballo de Troya entre conservadores, texto sobre la I Bienal de Artes Visuales, publicado por la revista Artmedia y El verdadero artista crea sus propios signos publicado en Orbis, dos diálogos con las dos bienales pasadas, y anuncio, mi artículo sobre la presente bienal, se titula El arte de nadie en su tierra . 


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                                           Un Caballo de Troya entre conservadores
Emblemática por su fuerza novedosa y polémica por su naturaleza la I Bienal de las Artes visuales de Honduras recrea todas las discusiones posibles sobre el arte nacional. En su seno la discordia debe ser vista como ganancia y las contradicciones como futuros diálogos sobre el arte hondureño.
Está muy bien hacer una valoración obra por obra, pero eso es para otro artículo; lo que realmente importa para el arte hondureño es como se ha planteado la Bienal de las Artes Visuales de Honduras y en ese devenir contextualizar las nuevas tendencias estéticas en Honduras. El jurado de la Bienal estaba compuesto por Haydee Venegas de Puerto Rico, Sebastián López de Argentina-Países Bajos y Mónica Kupfer de Panamá. Se hizo una exposición núcleo paralela a la Bienal, bajo la curaduría de la doctora María Dolores Torres de España. Esta exposición núcleo hacía un recorrido meritorio por obras y artistas destacados en algunos eventos, lo que daba una visión panorámica del trabajo actual de nuestros creadores y permitió un dialogo visual, aunque incompleto, mesurado y evocativo. La coordinación de todo el evento estuvo a cargo del artista y curador Bayardo Blandino.
Las condiciones de participación de la Bienal fueron muy justas, ya que permiten dar un merecido lugar a los artistas por su trayectoria y se evita aquello que tanto mal le hace al arte hondureño para su evolución: lo de los artistas ocasionales.
Los que hacen la crítica de Artes Visuales en Honduras, deberían ver la Bienal en todo su contexto y relacionarla con los demás salones de exhibición; ello permite saber cuánto hemos avanzado, puesto que, la Bienal, lejos del sentido institucional, plantea la puesta en escena de nuevas formas de lenguaje visual, pero le guarda alguna fidelidad a los lenguajes tradicionales; sin embargo tal acontecimiento en ningún momento es demeritorio. Ojo, la bienal, (como la Antología de las Artes Visuales) anuncia que hay nuevos lenguajes y tentativas experimentales, no así uno puede arriesgarse a hablar de relevo generacional, y esto sí es crítico, uno tiene que volver a los nombres, a las individualidades, en ese sentido es necesario resaltar el trabajo del jurado calificador  que ha sabido armar desde lo fragmentario, una imagen representativa de nuestro arte, su elección es justa y comedida, y no deja lugar para la aventura. Tampoco se debe interpretar la Bienal de las Artes Visuales de Honduras como la sola reacción ante los géneros que tienen mayor tradición en el país; si se entiende de esa manera, caemos en el diletantismo y en una percepción demasiada crasa y lineal.
Mi postura no es de apuesta por las nuevas formas de expresión, sino de consolidación de lenguajes. No son los eventos lo más importante para un arte nacional, sino como este se desarrolla históricamente y como los eventos bien planteados corroboran esas evoluciones. Estos aciertos, evoluciones, como los desaciertos, deben manejarse sin mezquindad y más bien alentando la confrontación y la discusión porque despierta a la crítica, hace que los artistas se detengan a reflexionar sobre su quehacer y remata contra aquella idea de provincianismo, elevando así las posibilidades por un arte que tenga sus sitio en un contexto superior y no en el circuito limitado como es el caso de Honduras. Tal asunto me hace recordar un ensayo de Ramón Caballero, sus palabras son claras y su motivo definido y es el de entender estas expresiones, digamos experimentales, al margen de las manías personales y más bien como idiosincrasia del arte universal. La exigencia crítica de Caballero, palpa esa vocación por lo auténtico, por hacer un arte cuya primicia sea la constancia estética bajo la clara tensión dialéctica con el mundo.

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Las obras y los artistas seleccionados para representar a Honduras en la Bienal Centroamericana son Adán Vallecillo Sevilla, con las obras Cacerólica (escultura en metal, sartén de teflón, antena de televisión 48x40) y Alpinistas (instalación, cintas métricas y tenedores 250x73x76) la primera es una obra excepcional, pulcra, Cacerolica, se determina por su materialidad, una sartén con una antena, obra simbólica por el dialogo con la periferia y las relaciones de poder en el mundo del capital; mas allá del desecho o del uso del desecho para meras aspiraciones de actividades tecnológicas, transmuta los usos y en los usos las condiciones utilitarias de los objetos. La obra delata ese afán de sintonía o de falsa carrera por hacer ver en el tercer mundo algunos detalles de avance o urbanidad. Alpinistas, cinta métrica con cubiertos para asir como manos, detalla un subuniverso construido desde la prótesis, admite la confidencia de la risa y la desfachatez.
El caso de Nerlin Fuentes, no se discute. No hay plagio como se le quiso acusar. Incluso hay una mala información sobre las obras, desde sus nombres y desde la concepción de las mismas. Doble rojo, (pintura industrial sobre madera, díptico 250x190 cm) obra que polemizó en el circuito, debido a un artículo que apareció en un diario y que en cierto modo determinaba la obra como un remedo de otra de un artista norteamericano. La obra de Nerlin Fuentes dialoga con la apariencia, con lo que se entiende por homogéneo a fuerza de primera impresión y más allá de la materialidad que evoca, posee como logro la suspicacia y la ironía. No es una obra de solos atributos técnicos, de minimalismo mesurado, sino de claras ideas por volver a la materia, a los objetos y a la naturaleza artística, pero despojados de todo aquello que intenta dar conceptos definidos sobre que es tal cosa en el mundo. El articulo de defensa de Nerlin Fuentes, publicado después en el mismo diario, es preciso, denota profesionalismo y autenticidad sobre su trabajo. Proyecciones de luz (Montaje, técnica mixta sobre formica, candelas eléctricas, 90x180x140 cm) encuentra en la composición de formas los caminos de la luminosidad, obra que habla del tránsito de la luz de un punto a otro, mero artificio técnico parece de entrada, lo cierto es que no convoca a la fluidez, sino que al reposo y difiere de la sola puesta en escena de mecanismos técnicos o tecnológicos. Fuentes, que hace años viene experimentando con distintos materiales, pero que se ha dado a conocer por su pintura es una de las promesas de este circuito, sus obras acumulan de manera genial la síntesis de un lenguaje poco explorado en el arte nacional como lo es la introspectiva metalingüística y la reflexión sobre la naturaleza prima de la materia, el color, las relaciones entre espacio de observación y objeto artístico.
Nahúm Flores, presentó Generosas formas de debatir (técnica mixta sobre papel 90.2x139 cm) y Maneras inofensivas de decir estoy aquí (técnica mixta en papel en contenedores 14.5x 125 cm) La primera es una serie de dibujos de extraordinaria calidad en hojas de papel. La obra fuerza el dibujo al modo infantil, pero no se subyuga a ese detalle, más bien el uso de tal recuerdo plantea la noción del desarraigo, no se dibuja como niño para expresar, se dibuja como niño para encontrar en ese procedimiento algo palpable de aquel paraíso o de aquel mundo que nos auto prometimos, y que se perdió, por la quimera incendiada por la vida práctica que nos deja sin sueños. Cada dibujo es un instante evocado, un eco de aquellas sensaciones dejadas a la débil luz de la memoria.
Blas Aguilar, El virus del miedo (técnica mixta sobre formica 122 x 124 cm) Cuando la vida vale L. 699 y 50 minutos al aire (técnica mixta sobre formica, 122x244) El virus del miedo, es de impecable calidad como texto plástico, por un lado, el vínculo con la abstracción y la sublimación de lo figurativo, tasan un orden signico que no se ve adulterado ni confuso. Las propiedades de la obra, sin la complicidad de su formato, dejan imaginar al fantasma, casi en actitud totémica, en mutis, sin asechar, su sola presencia lo domina todo.
Miguel Barahona con Pérdida temporal de la memoria (fotografía digital, impresión ink-jet 156x206x2 cm) parodia esa relación entre sujeto y lugar de estancia o de procedencia. Es una fotografía que veta el rostro del personaje y que en la parte izquierda posee una inscripción que evoca un vocabulario específico, con el que es juzgado el emigrante o el que viaja siendo tercermundista. Otra obra de este artista es Trans-identidad (fotografía digital, impresión ink-jet, tríptico 44x33) que de manera poética y con un nivel técnico depurado deforma esa idea de ciudadano del mundo y convierte al sujeto en habitante de sí mismo, de su soledad y de su propio desamparo.
De gran valor es el trabajo que Hugo Ochoa viene proponiendo, artista que privilegia el video, sus obras Usnavi el inmigrante (video, mini DVD, color, sonido, 3:26 min.) y El banano y la luna (vídeo, mini DVD, color, sonido, 4:39 min.)  combinan el ludismo y la ironía para explorar esos mundos artificiales, o las escenas y el sufrimiento ajeno, tal como el ojo lo hace con los mas media. 


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Las otras obras que fueron seleccionadas para estar en la bienal, ofrecen multiplicidad de lenguajes; por razones de espacio, la lectura de las seleccionadas es descriptiva y rápida, sin embargo hay que resaltar el esfuerzo de estos artistas y la naturaleza estética de estas propuestas que no le hacen bien al evento, sino a la plástica nacional. Creo que una lección para todos es ver en la Bienal una posibilidad de diálogo entre si mismos, entre generaciones y tendencias. Los eventos actuales como la Antología de las Artes Visuales y la Bienal de las Artes Visuales de Honduras son buenos espacios para reconocer evoluciones de nuestro arte. Por supuesto que es preocupante que a estos eventos que son los más importantes del país, los maestros de nuestra plástica no se presenten con continuidad, lejos de todo lo que puedan pensar, es una prueba estética que permite emitir juicios comparativos, cuyo resultado es la puesta franca de visiones que en su acuerdo, mutualidad y contradicción construyan el imaginario de la actual estética, lejos de lo esporádico y lo fragmentario.
La Primera Bienal de las Artes Visuales de Honduras es ese hermoso Caballo de Troya en medio de unas visiones conservadoras y de unas opiniones que no ceden a la reflexión, sino al ego y al temor por la novedad. Definitivamente el aporte de los artistas y del evento se palpará en el futuro, ya sea en la posibilidad de la exploración de lenguajes contemporáneos que asienten en el país un arte con claras aspiraciones a dejar de ser local, repetitivo e ingenuo. La tarea es de los artistas, pero que la crítica y que la investigación se salven así mismas acompañando este proceso para las necesarias señales intelectuales que no le hacen mal a nadie. Esperemos la Bienal Centroamericana, en ese contexto queremos sopesar esta expresión del arte nuestro.

Salvador Madrid
Bélgica, septiembre 2006



 
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EL VERDADERO ARTISTA CREA SUS SIGNOS
Itro, La obras contadas
La cuestión es que la crítica no tiene tareas de justificación, sino de apreciación, su esencia es reveladora porque admite la posibilidad de dar cuenta del arte y su discurso. Pero la institucionalidad arte en este país, la ha mandado a la periferia, y lo otro, más grave, a rebuscarse entre la curaduría empírica y sin autoridad alguna frente a la institución patrocinadora, la obra y frente al artista. Pues no nos hemos percatado aún que el ejercicio curatorial es sobre la obra de arte y no sobre lo que el artista dice. Estamos en un país donde un sociólogo del arte sería feliz haciendo un análisis de las obras contadas, narradas; aquí hay más artistas con obras pensadas que hechas; lo que no es dañino cuando es un proceso mental de un artista; el problema es que ahora la moda es nada más contarlas y el curador seguramente dice: "me has contado bien tu obra, es un gran cuento, entonces será una gran obra".
Institución, arte y crítica en Honduras, posibles miradas
En Honduras, el andamiaje institucional ha hecho enormes esfuerzos por enraizarse; por ello al hablar de institucionalidad hay que enunciar algunos aspectos que parecen valiosos de discutir: una institución no es un punto de llegada ni de partida, es una estancia de un proceso que puede darnos grandes lecciones como el orden, la organización, la historia, la orientación para acercarnos al arte; pero no para tener visiones deterministas del arte, ni para que los artistas, poco acostumbrados a este referente (en el caso local), pierdan su carácter, se les cargue con un programa artístico y terminen haciendo lo que dice una institución y sus estatutos. Una institución debe evitar ser un señuelo, debe levantarse como un camino a seguir, pero no debe negar otros caminos; sino caemos en una trampa harto conocida, y es la de los artistas educados, bienmandados, y por otro lado, la del artista rebelde que no se deja llevar. Es arriesgado referir en cuál de las dos orillas podemos encontrar un arte auténtico, porque ambas orillas pueden dar sorpresas y decepciones.
Las instituciones encargadas del arte en Honduras deben aprender a dialogar no sólo con sus proyectos o con los artistas de su elección, sino con todo el hacer artístico: arte-crítica-investigación. Preocupa esa noción del evento en casi todas las instituciones hondureñas, la del espectáculo y la del diálogo superfluo. Hay que superar el evento y asumir la noción de proceso, y por supuesto, las libertades institucionales y sus propuestas sobre la orientación de un evento, un concurso, un proceso, no deben ser arbitrarias, cerradas y discutidas por unos cuantos, es decir, por su insigne burocracia. Si una institución lo hace de tal modo deja al margen todos los hechos artísticos que suceden en el arte de un país.
Los últimos eventos del arte hondureño muestran salones repletos de abarroterías, exposiciones fantasmas o la aventura con tres cosas colgadas en una pared nada más para obtener requisitos y puertas abiertas en las flojas bases de eventos mayores, hojalateros pirotécnicos, o como decía Pablo Zelaya Sierra: medalleros. Poca cosa.
Otra trampa es la del llamado artista joven, ¿hasta dónde y hasta cuándo se es artista joven y hasta dónde hay que seguir insistiendo en ellos? Es mejor ofrecerles espacios de reflexión y de gestión cultural donde, según su intención y posibilidad, hagan sus proyectos, se den cara a cara con su talento o con sus carencias y así las instituciones evitan ser niñeras de artistas para toda la vida. Juan Carlos Mestre, un poeta español, dice; Después de Rimbaud, todos somos artistas viejos…
Tanto la crítica como la institución deben afrontar retos mayores como amalgamar un discurso crítico actualmente disperso a nivel nacional, formar un espacio de entera discusión del arte, que no sea la crítica un adorno o un látigo voraz.
Un crítico vuelve siempre sobre su visión del arte, le apuesta a algo; su naturaleza esencial no es siquiera la alerta o la presteza para orientar. Sin embargo, a estas alturas nuestro contexto exige mayor observación, mayor investigación y mayor documentación. La crítica tiene como tarea demostrar en primer lugar su validez ante el arte, obviar la ilustración, la compañía, el hechizo bufón, la versión de aval, las conductas referenciales, y explorar con ánimo, desde la teoría misma la naturaleza de lo que se hace hoy en Honduras.
Otra cosa aún más falsa en el trasiego arte-institución-crítica es la percepción basada en la "democracia" más que en la inteligencia: cualquier persona de insalvable formación toma al azar piezas de arte y desde ahí sesgadamente determina a un artista, niega su propia evolución o simplemente borra a otros.
Una pregunta central en este texto es ¿los eventos de arte que existen en Honduras realmente son una imagen confiable de la producción artística nacional? Y a esta se une una pregunta de igual importancia, ¿si nuestra crítica es un muestrario de los conceptos de un crítico, una carta de presentación a las instituciones o un texto esperanzador para no herir la autoestima de los artistas? Resueltas estas preguntas se entiende mejor al artista que pretende estar cerca a los paradigmas que definen las instituciones que reciclan obras de arte. Para el caso las últimas obras de Santos Arzú no se proyectaron al margen de los eventos, sino como centros, son "su propio evento"; nunca fueron pensadas como posibles requisitos para ser parte de un proyecto, sino como obras de arte. Lo mismo ha pasado con Adán Vallecillo, Ezequiel Padilla y Alex Galo.
A estas alturas parece que la sintonía de nuestro Arte Contemporáneo con las manifestaciones continentales es preocupante, porque muchos artistas no entienden su responsabilidad con el arte y la historia,  ya que asumen que ser transgresor es ser contemporáneo y actual, que su aparición en los eventos es lo más cercano al éxito, que el reconocimiento mayor deben ser sus ocurrencias inmediatas y no ese solitario instante cuando al fin de sus manos o de sus ideas surge una obra de arte, y que es ahí, en ese bienestar íntimo, auténtico y vital donde está el éxito. Hay que volver sobre la producción nacional y valorarla desde unos cimientos intelectuales que se confabulen con lo que se ha logrado en nuestro circuito.
Arte, crítica e institución es una de las discusiones que nunca se resolvieron ni se afrontaron en Honduras por aquello de quedar mal con la burocracia artística, con los cuatro críticos de arte ya conocidos y los pocos artistas que valen la pena en este país. Volver al tema no es caminar de nuevo, es desandar, desanudar nuestros pasos para verificar si estamos frente al futuro o nada mas le estamos haciendo un guiño.  
                                                                     Salvador Madrid