23 octubre, 2013

José Antonio Funes, la poesía me ha ayudado a existir



José Antonio Funes, la poesía me ha ayudado a existir

Para un buen lector de la poesía hondureña, el nombre José Antonio Funes, es respetable y definitivo. Un poeta que comenzó su bregar en la década de mil novecientos ochenta con su libro “Modo de ser”, su vida como su obra han evolucionado en estos años, para el caso ha realizado una magnifica carrera académica obteniendo su doctorado en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca, es un investigador y promotor de nuestra cultura; editor y gestor de proyectos culturales en Honduras y en el extranjero.
Su poesía, en aquella primera etapa de sus dos primeros libros “Modo de ser” (1989) y “A quien corresponda” (1995) indagaba la condición de desesperanza del hombre y del creador que tienen que luchar todos los días para sobrevivir, todo esto ante la negación, el desamparo, en los laberintos magistralmente diseñados por el sistema para la entretención de la masa en el mundo de la inmediatez, alienándola y negándole así ese instante donde el hombre puede reconocerse a sí mismo. Poesía eslabonada con códigos conversacionales, sin embargo su ritmo, dado por un verso breve, claro en el decir, evoluciona verbalmente hacia imágenes precisas, anti barrocas y propias de la poesía contemporánea donde la sensorialidad de la escritura explora otros registros como las artes visuales o el cine. Helen Umaña opina que “José Antonio Funes acude a lo conversacional. Pero cuando menos lo esperamos da un salto hacia otras zonas en donde la palabra abandona su sentido habitual para cargarse de valores nuevos que develan un trabajo transformador en el idioma. Surge, entonces, el sello inequívoco del creador: la evidencia de su irrenunciable capacidad de poeta".  
“En agua del tiempo” libro de poemas publicado en España en 1999, podemos visualizar otra etapa de su poesía, aparecen aquí textos de sus libros anteriores, más depurados, y nos encontramos ante un poeta con un aliento evocativo memorable; ha dado Funes un giro a su escritura, escribe poemas más extensos, gana en universalidad, vuelve sobre temas como la migración, la soledad urbana, el anonimato del migrante ya sea que habite un espacio o sea un tránsfuga. La sobrevivencia entonces exige no sólo una cuota de pan, sino el reconocimiento humanitario, la necesidad de entender las complejidades culturales, las barreras lingüísticas y los códigos para sobrevivir como ser periférico en el corazón de la civilización. El migrante no es un hombre de mundo, sino de mundos negados; el amor causa incertidumbre, la permanencia en un espacio que no tiene los signos de su memoria; esas son las atmosferas que Funes explora no sólo desde su poética, sino desde esa condición personal en “Agua del tiempo”.
Entregamos fragmentos de una conversación con el poeta José Antonio Funes en uno de sus regresos de Francia y una muestra de poemas de sus tres libros.
 
Sin duda alguna usted es uno de los poetas más representativos de la poesía hondureña. Tiene en su haber tres libros bien logrados y consistentes: “Modo de ser”, “A quién corresponda” y “Agua del Tiempo”. ¿Cómo  inicia y se desarrolla su experiencia poética?

Comencé siendo un buen lector, un apasionado lector de los clásicos. En mi casa no había biblioteca, así que recurrí a las ajenas. Luego me dio por imitar, por escribir sonetos y versos con rima. Había algo misterioso en ese proceso, descubría músicas, colores y perfumes que no eran de este mundo. Baudelaire tuvo la culpa. Me adentraba en un universo del que ya no iba a salir más; había establecido un pacto de sangre con la palabra, esa palabra que me iluminaba, que me hacía libre porque me daba otra vida más elevada, mucho más feliz y más profunda que la vida común del que aún no ha descubierto la poesía.

Su obra aparece en un momento fragmentario de nuestra poesía. Lo digo por las condiciones políticas y por el universo estético que se privilegiaba a finales de la década de 1980 ¿Qué tan importante es este dato en su primer libro “Modo de ser”?

En “Modo de ser” está plasmada mi sinceridad y mi aventura como poeta. En la década de los ochentas yo comenzaba a descubrir la poesía, pero lamentablemente ese encuentro coincidió con una época oscura, dolorosa. Perdí amigos, gente querida. La poesía política era como una camisa de fuerza, lo que estaba de moda, lo que te salvaba la conciencia en un momento infame de la historia de Honduras, lo que prestigiaba como “intelectual comprometido”. Pero, afortunadamente, a tiempo aprendí de Rubén Darío que tenía que ser yo mismo. Huí del panfleto. Si había que denunciar algo, había que hacerlo con la dignidad de la buena poesía, entre otras formas de enfrentar a la muerte y a sus mensajeros.

¿Hay unas relaciones con otros poetas que son vitales en su proceso de creador? ¿Con qué poetas se siente cercano generacionalmente?

Son dos preguntas en una. Yo me formé leyendo todo libro de poesía que caía en mis manos, y en ese sentido fue una bendición haber trabajado como bibliotecario desde muy joven. Yo no distinguía entre un poeta hondureño de un francés o de un alemán, simplemente buscaba la esencia de lo poético, y lo mismo me emocionaba un poema de Miguel Hernández que uno de José Luis Quesada; un poema de Santa Teresa de Jesús que uno de Octavio Paz. No sé distinguir a quién de todos los poetas que leí le debo más, pero si algo bueno se encuentra en mi poesía diría que se lo debo a todos.

Hemos descubierto en su trabajo unas formas creativas diferentes a los poemarios de la década de los ochenta, el tono conversacional plenamente encabalgado a la evocación y a la descripción y de fondo esa batalla individual del hombre que ve en su conflicto existencial todos los conflictos posibles.

Como lo expresé anteriormente, mi poesía es deudora de todos los temas y todos los estilos que fui seleccionando de otros, de los poetas que leí y que me gustaron tanto que se fueron colando en mi propia poesía. La evocación es fundamental en mi mundo poético, en la lectura como en la vida. Leer un poema que me conmueve casi siempre me conduce a escribir otro poema. Soy un animal de recuerdos, casi nunca escribo de lo que aspiro a vivir, casi siempre hablo de lo vivido, por eso mi poesía encaja más en lo conversacional. La poesía me ha ayudado a existir, me ha revelado que soy pan y palabra.

Reconocemos en usted a un poeta de claras evoluciones. ¿Qué tanto ha aportado su formación académica a su poesía? ¿Qué otras nociones puede sugerir usted de esas relaciones entre academia y creador?

Debo confesarlo. En algún momento llegué a pensar que el Funes académico iba a anular al Funes poeta. La redacción de mis tesis de doctorado, los artículos que me comprometía a escribir, las conferencias que debía impartir con esa seriedad típica de los académicos casi acaban con “mis duendes poéticos”. Después de haber escrito algunos poemas y de experimentar la misma emoción de antes, puedo decir que he retomado el camino de la poesía.

Usted ha sido incluido en muchas antologías, al lado de grandes poetas españoles. ¿Cuánto aporta ello a su imaginario?

Guardo algunas antologías publicadas en España y Portugal donde aparece mi nombre. Más allá del orgullo, que es algo tan común, me basta la satisfacción de estar al lado de escritores que admiré desde mis comienzos en la poesía, y que se me llame también “poeta” como a ellos. La lucha por conquistar un lenguaje no ha sido en vano.

Conocemos su trabajo de investigador. Imagine usted todo lo que se debe hacer en este sentido en Honduras ¿Qué tanto debemos aprender de la investigación y qué importancia le debemos dar para la formación de una literatura?

La investigación literaria es fundamental para conformar la literatura de un país. Vivimos de muchos tópicos, de muchas especulaciones. Hay que investigar, ir a los archivos, para no seguir repitiendo los mismos criterios que nos señalan ciertos autores en seudoestudios de la literatura hondureña. Todavía falta conocer bien a Molina, a los escritores del grupo “Renovación”, a los poetas de los años 40 y 50. El esfuerzo de Helen Umaña ha sido admirable, pero faltan jóvenes investigadores que se integren a la búsqueda y a la interpretación de nuestras épocas literarias.

Su experiencia en Europa se define por su estancia en la Universidad de Salamanca mientras obtenía su doctorado, por sus viajes y por su relación con poetas españoles.

Uno llega a la Universidad de Salamanca y comprende que ha dejado atrás la aldea. En lo académico, tuve que ponerme al día en la fabulosa biblioteca de ese centro de estudios. En lo literario, me encontré en la ciudad con tantos buenos poetas que casi me daba vergüenza decir que yo también escribía. Fue en casa de la Profesora Francisca Noguerol, crítica y amiga de Benedetti, donde me atreví a leer mis poemas. Luego, con otros poetas latinoamericanos organizamos un recital. Pero fue mi amigo, el poeta peruano Alfredo Pérez Alencart, quien me introdujo en los círculos poéticos de Salamanca. 

¿Cuál es su visión sobre la poesía actual de Honduras?

Me sorprende que en los últimos 10 años hayan aparecido tantos poetas y tantos libros de poesía. Digo esto porque es novedoso. Mi primer libro fue casi un milagro, en ese tiempo había tanto temor de publicar, porque la mayoría de los poetas “consagrados” se encargaban de ignorarlo a uno; la poesía parecía ser el dominio privado de unos cuantos nombres. Pero he de decir francamente que la calidad de lo publicado últimamente es muy irregular, quizá porque hay mucha prisa por sacar libros y por hacerse un espacio en nuestro estrecho ámbito poético. Salvo algunos nombres, pero no quiero recurrir a esa vieja costumbre hondureña de mencionar a algunos con la intención de descalificar a otros.

“Agua del tiempo” es uno de los libros más respetables de la nueva poesía hondureña, se editó en España y unos pocos ejemplares han trasegado en nuestro medio.

La idea de publicar Agua del tiempo me surgió en Alemania, donde un profesor de la Universidad de Dresden me animó a dar a conocer mis poemas en una editorial de Málaga y me prometió un prólogo. La última parte de ese libro refleja mis vivencias de extranjero, el desarraigo, la soledad y el amor de paso. Vivir en Europa fue como vivir en otra época, fue como sentir de golpe el soplo de los siglos y mi poesía, por supuesto, también se vio estremecida.

José Antonio Funes. Poeta, académico y profesor universitario de Literatura. Doctor en Literatura Española e Hispanoamericana, Universidad de Salamanca, España. Ha sido Vice-Ministro de Cultura y Director de la Biblioteca Nacional de Honduras. Ha publicado los siguientes libros de poesía: “Modo de ser”, Editorial de la UNAH, 1989; “A quien Corresponda”, Centro Editorial de San Pedro Sula, 1995 y “Agua del tiempo”, Centro Editorial de la Diputación de Málaga, 1999.

 
POEMAS DE JOSÉ ANTONIO FUNES

HABLA EL INMIGRANTE

Yo también soy Nadie, hermano Ulises.
Cada día, o más bien cada noche,
el Cíclope me interroga, y yo contesto: Soy Nadie.
Nadie por mi color, por ser portador de indocumentados sueños.
En una tarde amarilla de mi país
soñé una barca que surcaba el mar de los trigales.
Había tanto sol, tanto cielo,
Que abandoné los muertos atados a mis pies,
y pagué con lágrimas de mis hijos el precio de una estatua de sal.
Llegué a esta isla, Ulises.
Mis brazos son más vigorosos que los del náufrago
que partió las aguas para hacerse un lugar en la muerte.
Pero soy Nadie y me moja más la lluvia que a las catedrales,
y el Cíclope vigila
el pan luminoso que llevo a mi mesa,
mientras me habla de leyes y de fronteras.


PORQUE ESTAMOS EN GUERRA

la ciudad ha cerrado sus puertas
y vuelve el sopor
arrastrando su cola de polvo entre los espejos del día
andamos
bajo el sol que extiende sus cuchillos
como niños extasiados por el revés del cielo.
Nadie pregunta aquí por la poesía,
pero seguimos arando sobre tierra y mar
hasta que reviente la estación donde se pudran las cáscaras del odio

MODO DE SER

uno golpea en cualquier parte
y el corazón se fatiga entre los muros
uno pregunta a veces
por la exactitud de una sonrisa
por el amor que conoció desde niño
y se perdió con el polvo de los años
nadie sabe nada
salvo que somos extraños
que nos preocupa demasiado el recuerdo
ese tren nocturno
vacío
y sin rumbo fijo

DESDE AQUÍ SÓLO SE ESCUCHA

el nombre de un país parecido a la palabra sombra
el lenguaje del miedo
siempre lúcido
fecundo entre voces y papeles
el ritmo oscuro a que nos ata un tiempo sin relojes
desde aquí sólo se escucha
el idioma extranjero del viento sobre la vieja cólera de las piedras


TODO COMO SI NADA

todo como si nada
entre tú y yo
y los que pasan viéndose como extranjeros
en esta tierra donde el tiempo se encierra en sí mismo
pobre de ti
sucio caracol que tal vez nunca sabrás del mar
país que te acostás con un arma bajo el sueño
que nos duermes con el buenas noches de siempre
y entregas tus llaves a las manos del crimen


AGUA DE MAYO

Hoy la lluvia ha entrado en mi ciudad
desnuda y leve
como mujer recién bañada en la tibieza de la cama.
Hoy por fin la lluvia le ha dado un respiro al aire.
Ha lavado el hollín del tiempo, viejas sábanas de sombra
y las mugres del rencor que habitaban los rincones.
Y cuánto esperarla desde un amor en ruinas,
desde una canción
abandonada como campana entre piedras rabiosas,
cuánto esperarla desde la tierra agrietada y la sed de los pájaros.
Y ahora viene con mi infancia de juguetes perdidos,
con mi bello país de horrores como un fusil decorado,
con los amores que la felicidad me prestó en breves días,
con una lámpara nueva para buscarme en la gran noche de la página en blanco.
Viene.
 

EXTRANJERO

Estás es una calle de Berlín
y la vida ha mudado sus ropas viejas.
De pronto te das cuenta que estás en tus zapatos,
que alguien te empuja contra un muro de cristal,
porque es inútil detenerse a ver la luz
que se dobla sobre los grandes hierros.
Estás en una calle de Berlín
y de nada sirve que arrastres tus nostalgias,
animal de cansadas patas.
Lejos quedó tu país,
abandonado al vaivén de los recuerdos
como un zapato atrapado en la arena.
Estás en una calle de Berlín
deslumbrado y perdido,
ángel ciego que recoge sus alas,
el pecho detenido apenas con las manos.
Y debes andar,
echarte el corazón al hombro.
Porque lo importante es seguir,
aunque se vaya a ese rincón
donde la muerte se come las uñas de la espera.


EN UN LUGAR DE LA NOCHE

¿Desde qué cama, playa o pradera
los enamorados te ven
y eligen la forma más cobarde de matar el silencio?
¿O desde qué página en blanco el poeta responde a tus guiños
con versitos almibarados que luego repetirán la niñas en los colegios?
Ya me cansas, ya nos cansas
de verte en esa esquina de cielo en espera del próximo poema.
¡Puta luna que te vendes por dos o tres metáforas!

NO SOLO POR ESCRIBIR ESCRIBO

Es que necesito escuchar a ese otro,
a quien le brillas o le sangran las palabras,
el que sufre porque todo el universo no cabe en un poema
y porque no hay adjetivo
para explicar la mirada de esa muchacha.

Es que me gusta asomar el alma por la ventana
para espiar a la noche con sus flores y sus fieras.
Escribo, no para sacar panes donde hay hambre,
sino para escucharme a mí mismo
palabras que enmudecen ante la muerte.

ERA UN NIÑO, PARA VERGÜENZA DEL MUNDO

Así estaba:
hecho un nudo contra el frío
para que la muerte no encontrara
las puntas de su miseria.
Pero vino el viento
e hizo de sus harapos una bandera.
Nunca vi flamear tanta humillación.


BRUSELAS, CERO GRADOS

Una ciudad puede significar un amor
O un desamor tal vez
Una ciudad, como a una mujer, puede amarse de mil maneras
O abandonarse para siempre con un cadáver a cuestas.
¿A dónde va tanta gente
Ahora que soy el único que viene de regreso?

A esta hora en que todo ángel se desdibuja
De bicicletas apiladas como animales mansos
Cuantos deseos de incendiar el piano que me trae la música de otro tiempo
O de gritar en el centro de la plaza:
¡Madres, no lleven sus niños a Mc Donalds!
Una ciudad puede ser el nido más bello de la locura
O la piedra donde se pudren las esperas
Como frutas olvidadas.

Aquí se gasta la vida buscando una sonrisa entre extraños
La soledad es una estación permanente
Cruel como los trenes que comen nieve en invierno
Lo saben los jóvenes que beben cerveza con sabor a llanto
Lo saben los viejos que ven el brillo de la muerte en la punta de sus zapatos
Y lo sabe Dios que ignora todas esas cosas.

LOS ENCUENTROS

Ellos se encuentran en un punto cualquiera
donde el amor suelta sus flechas al azar.
Se dicen palabras tan simples como café, cine, teléfono,
pero que salidas de sus labios saben a otra música.
Poco a poco se van aproximando al fuego,
como dos sombras que buscan nacer en una sola llama
para quemar las soledades del cuerpo,
y el tedio ése de asomarse a una ventana
y descubrir que el cielo no se aburre de ser cielo.
Ahora juegan a encontrarse en esa inmensa selva que llaman amor
y se arman de gestos, de ruidos, de silencios.
Él desciende con sus dedos hacia el fondo luminoso del caracol sombrío
y encuentra una humedad, una flor de espuma.
Ella retiene en un suspiro el agua temblorosa de sus labios.
Bajo el techo florecido su abrazo es tan profundo
como aferrarse a la vida al borde de un precipicio.


EN LA GRAN NOCHE DE LOS OLVIDOS

Escúchame desde la otra orilla de tu silencio,
desde esa playa donde yace insepulto el cadáver de un pájaro;
allí donde el viento, siempre piadoso, recoge a diario su canto de arena.
Escúchame tú
porque se lo he dicho tantas veces a las piedras.
Hay una ciudad donde es imposible desandar el pasado,
o borrar la ventana en la que aún queda una cortina blanca
como si alguien hubiera izado para siempre la bandera de la ausencia.
Escúchame desde ese campo que atraviesan
los caballos negros de lo imposible,
aunque mis palabras te lleguen fragmentadas
y no haya hilo capaz de zurcirlas en la gran noche de los olvidos.
Hay tantas cosas que no pude decirte
en aquel tiempo de amar, en aquel tiempo de hablar
y abandonarse a lo eterno
como un niño hambriento en un campo de manzanas.
Nunca te hablé de la pasión inútil con que se entrega la lluvia
al impaciente calor de la tierra,
o de la tristeza de los charcos cuando se les muere la luna.
Nunca te hablé del dolor del árbol
cuando se queda con su propia sombra
después que un golpe oscuro ahuyenta sus pájaros.
Nunca te hablé del mar amargo que despide al sol
en la puerta última del día,
del mar que no cree en palabras escritas en la arena.
Escúchame ahora, no te oscurezcas,
tengo una lámpara, una luz pequeña…