20 septiembre, 2014

“Detrás de la sed” el nuevo poemario de Néstor Ulloa

                                                                                                                El poeta Néstor Ulloa en una foto de Yael Vázquez


Bajo el sello de Efímera Editores y con un prólogo de Carmen Ruiz Barrionuevo, una de las académicas más respetables de España, se publicará esta tercera obra del poeta

Néstor Ulloa es un poeta de hondas indagaciones conceptuales desde una sutileza verbal sobria y certera. Pocas veces el oficio de la escritura logra un equilibrio entre la sencillez del decir y la abstracción evocada. De ese modo entramos en la transparencia de una poesía que tiene su asidero en lo hosco del espíritu y la tentativa por ir más allá de un monólogo o de algún misticismo trasnochado. Los centros de “Detrás de la sed” están en deuda con la voz total del poeta en otros libros suyos ya publicados: la íntima soledad, el discurso asceta de la esperanza, el tiempo que transcurre, la contemplación del vencido y sobre todo la imposibilidad de habitar un mundo donde no hay espacio para la sensibilidad humana.

Néstor Ulloa es un auténtico representante de su generación, su nuevo libro está a punto de salir de la imprenta. La Doctora Carmen Ruiz Barrionuevo se refiere críticamente a la obra del poeta en un texto que reproducimos aquí, sin duda alguna un mérito para nuestra poesía joven.




Detrás de la sed de Néstor Ulloa: El hallazgo comunicativo

                                                                                    Carmen Ruiz Barrionuevo

Es este un poemario signado por la premura de la palabra precisa, por la urgencia que viene dada por su intento comunicativo, por sus imágenes, por el deseo de romper moldes establecidos, por su ritmo declarativo. Tal es el impulso que mueve los versos del tercer libro poético de Néstor Ulloa; en una pugna por el diálogo necesario para todo poeta, porque como dice Hans-Georg Gadamer: “El poema tiene que mantener un diálogo con el lector. Pero el poema no dialoga solamente con el lector, el poema es en sí mismo un diálogo, un autodiálogo”, y un diálogo que contiene además una propuesta, la de expresar esa realidad que fluye en el entorno del poeta. Porque la lírica, el arte primero de los pueblos, que intenta expresar lo incomunicable, nos obliga a profundizar en nosotros mismos, a reflexionar con nuestro propio yo, sin olvidar que nos relaciona con los otros en el uso del más necesario acto de comunicación en el que la palabra se hace instrumento del conocer.
En todo poema las palabras son propuestas, son lecturas que expresan el conflicto con el mundo. Ello sucede desde el comienzo en Detrás de la sed, que se abre con cuatro breves poemas que solicitan la atención del lector con potentes imágenes, signos también de una declarada postura frente a su entorno. Las palabras golpean con la eficacia de símbolos y esa “campana atada al cuello” que abre el poemario, nos puede recordar esa urgencia, y el reconocimiento de que la aventura del hombre no es inútil, en la tensa gravitación de la imagen que acompaña el esfuerzo negativo. Y frente a esa imagen otras, como la del viento, espíritu y clarividencia, aunadas al gesto del pájaro que se eleva hacia el infinito. Aún más, el feliz encadenamiento de las imágenes continúa al asociar los tañidos de campana con los girasoles ciegos y prolongarse hacia otros versos: Girasol como fuerza y divinidad, con lo que al final logra imponerse el optimismo. Campana, viento y girasoles, orla de imágenes que signa este comienzo e impulsa el resto del libro. Es potente la simbología del girasol, sobre todo después de que el narrador español Alberto Méndez ofreciera en su colección de cuentos Los girasoles ciegos (2004) la explicación, -quién sabe si fruto de la ficción- de que “La Biblia, para referirse a quienes se hayan desorientados, dice de ellos que son como los girasoles ciegos, no ven la luz del sol, andan perdidos”. Lo cierto es que esta imagen cala también en este libro e ilumina su parte positiva al desembocar el verso postrero de este friso inicial: “llueven campanadas y girasoles”. Ello se prolonga en el brevísimo poema “Los girasoles ciegos” que apuntala la misma metáfora al potenciar el hacer poético en su parte positiva y solar: “A los girasoles ciegos que me habitan el pecho, hoy los he descubierto construyendo un faro para señalarle a Ícaro el camino de regreso a casa”. Porque Detrás de la sed sugiere esa búsqueda del que intenta una proyección en su entorno y pretende superar, sin lograrlo, el abismo de lo cotidiano. Tal vez esa es la razón por la cual no existe en el libro más que un encadenamiento de poemas en los que las temáticas se abren a lo amoroso, al entorno de la ciudad y al propio conflicto metapoético. Y estas materias se van forjando o se van tejiendo con elaborados engarces que potencian cada uno de los temas sin olvidar el gran marco de fondo expresado en “Cronos corpore”, donde el reloj como imagen de lo temporal rige la vida en el entorno vegetal, los pájaros, la lluvia, la noche, la abuela y los huracanes:  “Llegará puntual la noche, / cerrando los ojos a los muertos olvidados en el armario / Y entonces, / ese péndulo de reloj triste que me habita / volará / hasta el último llanto de campana”. En ese ámbito acotado el poeta consolida su intento en la percepción de que los hombres continúan el sendero de otros hombres ya idos, como lo sugiere “La voz de los muertos”, asociando de nuevo imágenes tan inquisitivas como la campana de cristal y el barco de papel. En este medio el poeta hereda una voz, un eco del pasado, intenta sin lograrlo ser lúcido en el camino, pregunta e inquiere. Ello se constituye en urgente tarea que es una constante en su gesto. Amor y proyección pueden parecer incompatibles, pero enseguida percibe su convergencia, por eso al final se nos abre el diálogo amoroso en “Los otros” donde se renuncia momentáneamente a ese diálogo para buscar “la cara oculta de las cosas, porque también las cosas guardan sus propios secretos”. El poema sin embargo se rehace con un homenaje a un clásico del Siglo de Oro, pues Quevedo asoma en la acertada variante de una de las mejores imágenes de nuestro idioma: “Pero vos, vos sabrás que lo que los otros digan acerca de este puñado de polvo vuelto / asombro enamorado; todo eso no significa nada, si no es tu voz la que dispara”. Por otro lado poemas como “Patente de corso” o “La voz” son impulsos surgidos del diálogo que proyecta el yo hacia los otros (“He seguido la voz que me llama y me he descubierto desafiando el amor de las luciérnagas”). Es así como esta poesía no se ensimisma sino que se realiza en una proyección de su acto.
Aparentemente, por tanto, el libro se presenta como una estructura lineal en la que el lector debe ir modulando los hallazgos y sintiendo la comunicación de la palabra. Una parte importante lo ocupa el tema del ser humano no exento de algún carácter apocalíptico como lo sugiere  en “La voz de los muertos (en off)”, “una suerte de onírica ausencia que habita la luz de las estrellas”. Aunque también la visión del ser humano se carga de ironía en “El puro mito” con el recuerdo de Sísifo y con la serie de poemas iniciados por “Alguien…” que acota las distintas caras del poliedro en la temática humana que podemos llamar metafísica: “Alguien canta a mitad de la noche” con la oposición del bien y del mal; “Alguien recuerda una tarde de lluvia con barco de papel”, con el simbolismo del barco que se impregna de incertidumbre; “Alguien decide morir triste” con el respeto a la propia voluntad; “Alguien escribe una nota” en el que la escritura se yergue como necesidad y revierte en el tema metapoético, como también “Alguien no escribe una nota”, que incide en la dificultad de plasmar lo poético; y “Alguien mira atrás y regresa” donde apunta las razones por las cuales es necesaria la recapitulación de lo andado. Como vemos en esta serie ya aparece el repliegue metapoético, más evidente en algunos momentos, como en “De poeta a poeta o receta rápida para el suicidio” donde el desdoblamiento paródico se resuelve en la quijotesca imagen del poeta que se prolonga en la autoironía final. Más incisivo y doliente es “Ars herética” en el que la queja y el dolor se proyectan hacia lo físico, o “Mea culpa” donde el autoanálisis desemboca en la sorpresa de la imagen final: “hasta que comprendí / que los aullidos eran míos”. En el trenzamiento temático que el poeta persigue, un poema como “Poética” traba la página en blanco con el tema amoroso con una brillante imagen onírica que combina en la noche la inhóspita selva blanca y el sendero de las hormigas. En ella se inserta no solo la imagen del poeta, con su trágica estampa, un poco romántica, sino la pertinencia del amor porque “sólo a tus árboles vuelan mis pájaros mudos”. Desde luego que el tema amoroso asoma en muchos de estos poemas como feliz proyección del yo. Es el caso de “Insomnio”, de “Máximas recurrentes”, o de “Teoría”, pues en el fondo son efluvio del hacer necesario, y “Ciudad ausencia” que combina la melancolía urbana, la percepción del mal, la indagación, la clausura, la pregunta sin respuesta, y concluye en la convicción de la ausencia dolorosa del vos dialogante. Esta temática se amplía y quizá culmina en “Retrato”: “Tu imagen llega lenta, / como agua hermosamente adormecida”.
En el impulso hacia lo exterior se impone en su poesía, como otro tema necesario, el tema urbano, porque el poeta convive y siente en una colectividad, analiza y sufre cuanto compone ese pacto de convivencia que constituyen las ciudades. Ya en el comienzo del libro aparece como ámbito y temporalidad en “Caballo de Troya”, en el que inserta su percepción bélica de este espacio con sus componentes de  soledad, silencio, miedo, sin resignarse a aceptarlo, de ahí las imágenes lumínicas, expresas en los rayos de sol que culminan en su negación: “Hoy / la ciudad es un eclipse de sol”. Distintos motivos construyen en el libro este ámbito, como “Sueños tendidos”, donde los fantasmales zapatos se erigen en guardianes de unas calles que “esconden los girasoles que nadie ve”. Como se puede observar, hilando la trabazón de imágenes, el poeta recurre a ese símbolo de los girasoles que tan potentemente construyó al comienzo del poemario. Y la ciudad es también la construcción moderna del “Mall”, lugar en que habita la orfandad y las contradicciones de lo artificial, “es un hormiguero de seres inmensamente solos”, cuyas vidas alimentan “al caníbal del espejo”. Es esta otra de las metáforas recurrentes en el libro, espejo como vanidad y ostentación, el reflejo de lo efímero e inconsistente. No olvidemos que su anterior libro se titulaba Los espejos de Carlos (2006) y que sus versos finales tienen mucho que ver con la propuesta que ahora presenta. Pero la ciudad es también “Toque de queda” en el que se condensa la violencia y la impresionante amenaza diaria. Algunos de estos poemas son cortos o cortísimos, de muy selecta palabra, como también lo evidencia el excesivo y eficaz tono anafórico de “La paradoja del fénix” o el impactante “Raza de Caín”. Poemas todos que van apuntalando la visión del mundo centrada en la intensa interiorización que rechaza la falsa publicidad en la silenciosa actuación que “Urbanidad” nos parece sugerir como pauta del vivir urbano.
Aparentemente, decimos, el libro se presenta como una estructura lineal en la que el lector debe ir modulando los hallazgos y sintiendo la comunicación de la palabra, sin embargo es visible, como al comienzo, el final tripartito en el que tres poemas redondean el libro. “Recuento” vuelve a ser un poema largo. Es un acto de vida, un examen del presente en el que se establece un propósito, un mirar hacia adentro, un revisar los escombros, para proponer, retomando la imagen inicial, “una torre con campana en mitad del pecho”, o lo que viene a ser una renovación de su trayectoria vital. El segundo poema, “Manifiesto”, se centra en el acto de voluntad del poeta que se propone querer serlo para diseñar un repaso a las esencialidades de la vida y de la muerte. Irónico y magnífico, como cuando habla de los enemigos, en un apresamiento del pasado y del presente entraña un plan de vida, un proyecto de cuanto se ha sido y se desea ser. Todos esos motivos constituyen elementos cruciales para interpretar el libro. Y como colofón, “Adiós oscuro”,  imagen marina, homenaje nerudiano que procesa con una personal ficcionalización. Este final pone un límite inquisitivo, dubitativo, pero en definitiva abierto, a un libro esencialmente comunicativo, poesía que dice y urge por inquirir, por inquietar al lector, por hacerlo un consecuente confidente de cuanto encuentra y percibe.

Salamanca, abril de 2014