25 enero, 2015

Armando García: otro viaje hacia la narrativa hondureña

                                                            Armando García captado por Juan Fúnez

No hay duda alguna, Armando García es el escritor hondureño con el mejor sentido del humor, él y su narrativa.

Su aporte fue desmitificador de este hacer que muchos rodeaban de ceremonias, senilidad y de ese elitismo intelectual que en nuestro contexto es más pose que oficio.

Desde la publicación de su primer libro en 1993, “Hechos necios que acusáis” estaba claro su filón del que extraería una serie de relatos osados y trasgresores, totalmente deudores del humor hondureño, bien escritos y con el sello inequívoco de su creador.

Esta actitud y su consolidación en estructura narrativa donde la sorpresa y el desenfado, más la riqueza de códigos lingüísticos y del humor caribeño que le pertenecen naturalmente más la apropiación e interiorización del humor total del resto de zonas de Honduras que por la fiebre del oro verde de las bananeras atrajo a hombres y mujeres de los cuatro puntos cardinales, consolidó un universo literario de personajes en situaciones surrealistas, personajes que muy poco entienden su mundo porque están cubiertos de cierta inocencia o viven la vida en una forma de austeridad espiritual, que piensan que la bondad gobierna el destino, pero al fin se encuentran desengañados o descubriéndose como seres marginales; sin embargo son personajes dignificados por una ley: la sobrevivencia; y en eso Armando García es diestro al tratarlos con cierta frialdad o más bien imponiendo entre ellos y él un humor a rajatabla.

Armando García es un escritor que hace feliz a mucha gente aún cuando les esté mostrando el infierno de nuestros días en el tercer mundo y que sin duda ha iniciado a lectores a ir por las lecturas que la libertad individual define y no las que recomiendan los críticos o los mismos escritores. Armando García no escribe para que la historia lo reconozca, sino para que los lectores reconozcan e interioricen la historia de una forma natural, divertida y realista. Su registro verbal es impresionante, buen conocimiento de cultismos y del lenguaje popular, pero es certero cuando de regionalismo se trata o de frases, giros y señas del color local, sin embargo estas elecciones ligústicas se usan a conciencia y con un sentido universal como pocos.


Por supuesto que uno puede identificar una estructura narrativa personalísima en la escritura de Armando García: primero, la espontaneidad del relato oral tradicional, esa frescura primigenia, vital, donde lo súbito, el ingenio, lo versátil e hiperbólico, la sinceridad y la sal de la enseñanza popular del relato lineal; luego la habilidad de escritura y la total desinhibición verbal posible hacen lo suyo; esto se remata con la elección de unos temas que para muchos son tabús sociales como el sexo, la infidelidad, el fracaso, por ejemplo, y para otros son tabús literarios al escarbar en lo hondo de nuestra idiosincrasia o de la vida cotidiana sin miedo a caer en el relato regionalista; pues nuestra literatura padece de una solemnidad que a veces es condimento rancio, lo que la vuelve aburrida o repetitiva con formas narrativas del romanticismo, la decadencia retórica de la oratoria pasada de moda o del realismo mágico; otros en cambio, influenciados por maestros de la narrativa contemporánea se lanzan desbocados a vastos palabreos en primera persona. El humor de los relatos de Armando García es destellante, muy de esta tierra y tratado con estatura literaria, su ludismo e ingeniosidad, sus claves de humor y la astucia del narrador, son esas ventanas a una narrativa que si desea ser leída con ese ojo de buen gusto, frescura y crítica renovadora y constante. 



DOS RELATOS DE ARMANDO GARCÍA

VIRGEN DE LA CINTURA PARA ARRIBA
A Luis Edgardo Solís Martínez, “El Conejo”

El sol perpendicular detenido por la sombra del higuero. Los tábanos insistían una y otra vez. La burra coceaba y parecía hundir el suelo con la fuerza de una barreta de siembra. Yo, agarrado al bozal que le socaba el hocico. Mi abuelo terminaba de pegar la carga de cañabrava, amarrando con dos vueltas el cubujón del aparejo. Lejos, en el guarumo del cerco, la bulla de las piapías. Mediodía en punto y los tres nos parábamos en nuestra propia sombra.
       –Usted va adelante, Calamán, jalando la burra, que no se traben las puntas en los bejucos– dijo mi abuelo.
       Íbamos midiendo cada paso entre el lodillo y el camalote. Atrás, entre el choclós, choclós del paso de la burra, la voz de Nayo cantaba “pastorillo, parás, parás…”, acompañando las notas con inútiles palmadas contra los mosquitos. Salimos a la carretera y aún despedíamos el olor a yautía y ñame puerco. El silencio de mi abuelo fue roto por segunda vez:
       –Eche la burra por delante; déjela que trabaje sola.
       Mi abuelo continuó con paso lento. Su mano derecha sostenía, a la altura del hombro, el hacha de doble gavilán. Seguíamos caminando. Mi abuelo, silencioso, con la mirada perdida en el horizonte de jamacuaos que cercaban la hacienda de don Felipe. Nayo y yo hablábamos de todo si que nos escuchara el viejo. Sólo alzábamos la voz cuando lo permitía el ruido de las cañabravas que arrastraban las puntas.
       –Ya nombraron a las mayordomas – dijo Nayo con alegría.
       –Ujú– contesté con sorna cómplice.
       La plática fue interrumpida por mi abuelo cuando nos dio un pedazo de rapadura con tortilla. Olvidamos por un momento la fatiga. Con palabras entrecortadas por el bocado, Nayo dijo:
       –Al descuido, le suspendemos la falda a la Milagrosa.
       La reverberación era terrible y paralizaba hasta los cogollos más tiernos. Mi abuelo sacó de las oquedades pastosas de su garganta:
       – ¡Turcos de mierda!
       Miramos que venía en bicicleta el palestino Bichara, pelón, con cigarrillo en pitillera y el rifle terciado a la espalda-
       –Adiós, don Agnasio– soltó al pasar.
       –Adiós–, farfulló mi abuelo, con la vista impasible clavada en el azul del cerro Pacura.
       Por su comentario entendimos el desprecio que tenía por los comerciantes que controlaban la plaza del pueblo. Al llegar al corral de la hacienda de don Felipe, frente a las pilas, encontramos a los vendedores de lotería, sastres, zapateros, maromeros, putas y achines que iban, ese viernes, a esperar el pago de los jornaleros en los campos bananeros. Cruzamos la línea férrea y entramos al pueblo por la calle de los Mirriñaques.
       Minutos después, en el trascorral de la casa de mi abuela, aperchamos la carga bajo el tamarindo. En el corredor, por boca de mi tía Cosme, nos enteramos de que ya habían pasado los seis primeros viernes en honor al Sagrado Corazón y que ese día les correspondía arreglar el altar a las mayordomas de mi barrio, entre ellas, mi tía, quien nos ordenó que jaláramos las palmas de coco, las ramas del limonero, las flores de marpacífico, las hojas de teocinte y el aserrín teñido para arreglar el altar.
       Además, señalando con dedo tenebroso, dijo:
       – ¡Sin jodedera, cabezas de alcornoque! ¡Sólo quiero que estén en batajolas en la iglesia…!
       Nos quedamos callados. Y cuando no había moros en la costa, Nayo empezó a decir que patatí que patatá, que la virgen tenía calzones como las muñecas Barbie que vendían en la tienda del turco Chahín. Yo alegaba que las piernas eran como las de Minda Amador, a la que siempre mirábamos, por la rendija de la puerta, con Alfredo Totoposte en el cuarto que les alquilaba don Lalo.
       En la tardecita descargamos el hojarascal en la esquina de la sacristía. Soplaba un viento fresco y una calma de cementerio se tocaba en todos los huecos de la iglesia. Nos encaminamos hacia el altar. Llegamos frente a la virgen. Nervioso, Nayo comenzó a levantarle la crinolina mientras yo sentía un espumaraje helado en las tripas y un calambre en las pantorrillas. ¡La Milagrosa no tenía piernas ni calzones sino un pijín de tablas como banco zancudo invertido!
       A saber de dónde salió don memo, el sacristán, que de un talegazo hizo rebotar a Nayo sobre las bancas. De la carrera, casi le doy vuelta a la alcancía mayor y en dos patadas llegué al mercado. Esperé a Nayo en el callejón de la despulpadora de arroz y, para que mi tía Cosme no se arrechara, fuimos a la llave del patio. Nayo se lavó la sangre de la nariz y de la camisa, y hablando janiche por el sopapo, dijo: “¡Pajas! Por ese tablerillo cómo iba a nacer el Niño Dios!”


EL MERCENARIO DEL AMOR

¿Recuerda al escribiente? ¡Claro que sí! Era aquel calígrafo vejete, calvo, moro bigote nicotínico, camisa de cuello mugre, liga en la manga que una vez fuera blanca, cinturón de  hebilla ladeada, panza etílica y pantalón a la pechera. A veces solía presentarse, famélico, esmirriado, aerodinámico, cual cochero de Drácula.
Sí hombre, era aquel desaparecido amanuense infaltable en el mercado, con sus bancos más flojos que un catre de burdel, mesa quisneta y su vapuleada máquina de escribir, por lo regular, una negrita Smith-Corona o Royal. Los viandantes lo nombraban secretario, escriba, copista, chupatintas, mecanógrafo, pasante o pendolista.
Era el  mercenario del amor. Hacedor de cartas por una módica paga. ¿Lo recuerda, no? Toda una institución. Tenía bajo la manga un arsenal del sentimiento, una biblia del arte de amar. Un libro mágico que hacía suspirar al más pintado doncel urgido de fémina y, moquear, a la más empingorotada damisela contaminada de varón. Su nombre «Correspondencia de amor» de Sánchez & de Guise. El libraco contenía, como en timbiriche de chino:
Correspondencia amorosa. Pedida de mano. Respuesta negativa o afirmativa de enamorados. Aceptación de pretendiente. Súplica de varón y contestación de varona decidida. Y, por ahí se iba este polígrafo rupestre, sin descuidar las cartas sobre diferentes temas: citas, esquela, dedicatorias de retratos, silencios, desdenes, celos, perdón, reconciliación, decepciones, despedidas, felicitaciones, pésames, agradecimientos, descachimbes, rejuntamientos y despelotes.
Tenía un surtido de: participación, invitaciones, contestaciones, compromiso, nombramiento de padrinos, participación de nacimientos, recuerdo de bautizo, obituarios y tarjetas postales.
Tal traficante del amor dominaba el lenguaje: del abanico, del pañuelo, de las flores, del bastón, de las piedras preciosas y metales. Interpretaba los sueños, dictaba las reglas acerca del uso del papel en las cartas, sabía de la dirección del viento; del arte de la cabalística, la quiromancia, la cartomancia, el horóscopo, la buenaventura y de la sibilina tartamudez de los dados.
Ese si era un genio del arte amatorio en la era de las chaperonas. Urge clonarlo para soliviantarle el sobrado lenguaje del maridaje al chavo que ladra, online, a su virtual amada: ¿Qué pedo, laca?