Esa ausencia del poeta
Leonel Alvarado está llena de significados; primero los personales que
marcan su vida como académico y luego los de su universo poético. Pero sin duda
esa ausencia física en Honduras se compensa con su trabajo intelectual y con su
poesía, pues sus últimos dos libros “Retratos mal hablados” y “Xibalbá Texas”
nos muestra a ese gran poeta y definen una personalísimo estilo, totalmente
polifónico y contemporáneo.
De las pocas buenas noticias de nuestra poesía, ojalá
que su obra se difunda más y que se lea, en verdad merece todo el
reconocimiento y la admiración.
RETRATOS MALHABLADOS: ESA LEJANÍA ÍNTIMA DE LA HISTORIA EN LA VIDA COTIDIANA
En este libro la poesía opera desde dos puntos de
vista: el viaje de lo cotidiano a lo histórico y el viaje desde lo histórico a
lo cotidiano. Es un libro más complejo de lo que se supone, pues en sus
primeros poemas el yo poético se expone al ofrecernos un retrato familiar, el
trazo es casi narrativo, y debe ser así, pues es un yo poético que nos habla
del pasado, su presencia desde el presente, la dictamina la enumeración de
acontecimientos históricos que describe, es un yo poético narrativo asaltado
por las verdades de la adultez, la experiencia y el conocimiento, lo que le
permite hablar con claridad y con una sospechosa inocencia donde trasiega la
ironía y el sarcasmo; por eso se explica que la voz poética (a pesar que se
vuelca sobre la infancia) no tenga un tono evocativo.
Hay una introspección a la realidad histórica desde la estatura de
una cotidianeidad que ya no es ingenua, ni reflejo, sino que se vuelve el
hocico feroz del devenir y de la existencia; no es una mirada sobre un mundo
primigenio idílico y paradisiaco sino sobre las evidencias en carne viva de la
dureza que puede ser crecer en el tercer mundo y esto más allá de la sola
carencia material, hablo de esa edificación del mundo propio, de ese interior
espiritual. De este modo lo cotidiano es la concretización de una estructura
inventada, supervisada y manipulada por el poder y su mención, de este modo,
deja de ser la representación de una transparencia que se tamiza con los
recuerdos o bajo la alienación, cambiando las lecturas: es una realidad
compleja, laberíntica que por su intimidad y ese afán de búsqueda del paraíso
perdido a veces se trata como un mágico mundo, pero que es en verdad un
degolladero del individualismo y de los sueños.
XIBALBÁ TEXAS:
UN VIAJE AL UNIVERSO INTERIOR DEL VENCIDO
Es ese viaje del “sur” real, simbólico (no significa
propio) a un norte irreal o más bien
ensoñado en la alienación del migrante, sin embargo el universo simbólico de
ese migrante no calza en el nuevo mundo, su reino, Xibalbá, puede ser la oscura
calor que mata con lentitud a los indocumentados en un contenedor, la
calcinante blancura del nuevo amo, la sospechosa atracción de los espejismos
que lo embelesan pero que no calman esa extraña sed de quien deambula en los
sueños de una máquina traga hombres. El norte es imposible para este viajero;
este libro está a mitad de camino, no puede ser de otro modo, a mitad de la
vida o a mitad de la muerte; Alvarado indaga ese viaje y lo compara a una
batalla solitaria cuyo centro está en el corazón del desasosiego.
Entregamos al lector algunos fragmentos de los dos
libros, sin duda alguna, dos noticias felices, tan necesarias para nuestra
nueva poesía.
Portada de "Xibalbá Texas" Premio Rogelio Sinán 2013
Un
fragmento de un poema de “Retratos mal hablados”
Las vacas de Bertolucci: posible escena de 1900
(fragmento)
cuando
lo habíamos perdido todo
mi
padre nos enseñó a ordeñar las vacas
que
mirábamos en las nubes. entre risas
decía
que era como meterse a robar
al
potrero de Dios. el truco
era
esperar que el arcángel y su mujer
estuvieran
profundamente dormidos.
mi
padre se bajaba de la mula
que
no tenía y nos iba
señalando
las ubres generosas.
la
leche era caliente y triste
como
debía ser su sangre en esos días.
sus
hijos prendidos a las tetas
del
cielo, mamando
sus
promesas de calostro,
el
calcio de sus huesos, el sudor
más
necesario de su cuerpo.
él
trajinando, distrayendo con sus cuentos
a
Dios, enamorando a la mujer
del
arcángel para que le confiara
la
llave del portón. después se aparecía
arreando
lo que había dejado de tener
y
lo que ahora más tenía: sus ansias
de
padrón, sus ganas de lechero,
su
pericia de capataz de vacas
que
Dios inventaba con su aliento.
(en
días de abundancia cada uno salía
del
patio al patio, plato y salero en mano, a rebanar
su
asado de la vaca que hacía su última cena
en
el jardín, los de modestas ambiciones
se
conformaban con transar una pechuga
en
el cuartel de las gallinas).
hijos
de la necesidad sus hijos
no
mirábamos barcos en las nubes.
nadie
estaba para viajes y los adioses
enmudecían
en la boca del estómago.
Teen spirit
Smells like teen
spirit
Kurt Cobain
I
entre
el viejo y mi hermano se interpuso
una
guayabera, esa prenda de vestir
de
la alta costura caribeña, adornada
con
alforzas verticales y, a veces, con bordados
y
que lleva bolsillos en la pechera y en los faldones.
es
favorecida en los climas tropicales por su virtud
de
refrescar y disimular redondeces señoriales.
debo
aclarar que el viejo murió en el setentidós
y
que a los dieciséis mi hermano heredó
la
camisa del dueño de las ubres, del juez
de
paz en tiempos de gobiernos militares,
del
que en su casa cenaba con el cura
que
le bautizaba a sus hijos y recibía
a
señorones enguayaberados
que
parecía tener una provisión interminable
de
tabaco en una de las tantas bolsas de la camisa.
pero
sucedió que mi hermano pasó del tabaco
a
la marihuana, de la estatura afeitada del viejo
a
la melena, del guayaberismo a la camisa
pegada
al cuerpo, del rigor del sastre
al
pantalón acampanado, qué más se podía
esperar:
john lennon hacía sus revoluciones
desde
la cama y Jimmy hendrix le clavaba
los
dientes a un himno escrito por sus mayores.
mi
hermano no estaba para pliegues, no tenía
paciencia
para botones, no quería ser ombligo
de
su padre ni padrón de las vacas
que
se comían el pasto de su tumba.
no
quería ponerse, a los dieciséis
o
a los veintitantos, la sonrisa del viejo
ni
le interesaba hacer temblar la casa con su vozarrón.
mi
hermano no cerraba tratos, no tenía influencias
ni
hijos que bautizar pero se tomaba en serio
su
irresponsabilidad, sus ganas de no taparse los ojos
con
las manos muertas de su padre. nada le decía
el
prestigio de las alforzas verticales, no tenía cuerpo
para
la camisa almidonada con la leche
de
las ubres paternales, no había títulos
de
propiedad para tanto bolsillo ni quería
negociar
sus huesos con gobiernos militares.
sin
ceremonias que valga la pena mencionar
en
un rincón del ropero quedó la camisa
olorosa
al pesado amor paternal.
Poemas
de “Xibalbá Texas”
1
El
sur se hizo para abandonarlo.
El
llanto del recién nacido es la nostalgia
de
un norte que pasará buscando
toda
la vida.
El
norte es el mito mayor, el mapa
tatuado
en la frente del que no se resigna
a tirar
la última semilla en la zarza.
Al
sur no se le quieren sus espinas,
sus
remolinos de polvo y de hojas secas,
el
final triste de todos sus retoños.
Se
le echa en cara tanta tierra
sin
dulzura. No se le perdona
la
paciencia que hay que tener
para
dar con sus orillas.
El
sur es una espera, una sed
inevitable,
un pariente triste que queremos
abandonar
en una vuelta del camino.
Al
sur se le reclama el desconcierto
de
la semilla que, esperando gotas
sueña
su derecho a robles milenarios.
Se
nace para decirle adiós, para dejarlo
en
el cuarto del fondo, para engañarlo
con
el cuento de la gota que vendrá
a
bajarle calentura con paños de agua tibia.
2
¿El
sur se hizo para abandonarlo?
Pero
el que se va no sacia su sed.
Es
un árbol que echa raíces en el aire,
una
semilla que brota entre la zarza.
LAS LAVANDERAS O EL MODERNISTA
SE LAMENTA: DE LOS POEMAS SUELTOS DE JUAN
RAMÓN MOLINA
Péscame una
sirena pescador sin fortuna
Molina
Desde
aquí mirábamos a las sirenas.
Eran
otros tiempos. Los domingos bajábamos
a
cubrirnos los oídos con los pedazos de Ulises
que
habíamos guardado durante la semana.
Sobre
piedras pulidas por el desgaste de otras manos
sacaban
brillo a sus largas cabelleras
mientras
su barato sayal se les pegaba al cuerpo
como
escama dolorida. Con el agua
hasta
las rodillas restregaban las ropas,
cabellos,
chismes, ilusiones. Limpiaban
las
mentiras, que otros iban a ponerse,
como
nuevas, la próxima semana.
En
la corriente flotaba una espesa nata blanquecina
cargada
con los humores de una humedad
venida
de más lejos,
de
sucios sueños solitarios
más
oscuros que la noche más oscura.
Río
arriba, recostados en la baranda,
las
mirábamos hacer y lo que sobraba de Ulises
se
nos derretía bajo la ropa. Acariciado
por
el último canto de aquellas sirenitas
de
alma húmeda el Odiseo que a veces fuimos
se
dejaba ir entre las aguas como un paciente,
ya
lo dijo Eliot, anestesiado en el quirófano.
Después
nos íbamos,
uno
tras otro, cabizbajos, buscando
algo
no perdido entre las piedras,
dejando
atrás los desperdicios de un cuerpo
puesto
a secar en el fango de la arcilla.