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Dennis Ávila en el país de la infancia


Concluyo al principio: “La infancia es una película de culto” del poeta Dennis Ávila, es un libro de poesía de alta calidad, magníficamente escrito, con un sentido consciente del lenguaje y de la experimentación, humor inteligente y voraz, hermoso y de una nostalgia transparente, capaz de signar la alegría de los recuerdos y la felicidad robada y guardada felizmente en el corazón de un niño. Es un libro que es evidencia de un poeta que ha adquirido una buena experiencia en su oficio, conoce su materia, ha elegido con precisión cada instante y la construcción verbal es puntual, transparente y muy juiciosa. No lo seduce la emoción, sino más bien entra en ella para indagar su raíz, su origen entre las apariencias. En suma no es un inventario de lo recordado, sino un retablo de lo vivido en la intimidad de un universo infantil donde se descubre, se juega y se es feliz; sin embargo, ese descubrimiento visto desde el adulto que es el poeta hoy, implica la comprensión de los símbolos que en aquel tiempo fueron palpables, nuestros, moldeables y hoy (más allá del sentido de la pérdida o de la imagen de paraíso perdido) se diluyen en una forma de nostalgia cuya interiorización es dolorosa. Y esto tiene sentido: cuando Ávila se interna en su infancia, no sólo roza las tardes y los personajes de su barrio en Tegucigalpa, ni las canicas ya para siempre dispersas en ese otro universo del pasado, no sólo es un viaje a la afectividad personal, es un viaje a la historia de nuestro país, en los contornos cotidianos de una década triste donde la alienación fue la moneda de cambio, donde el silencio era obligatorio, donde la cultura militar y la nueva burocracia y clase política que ha de chupar la sangre al país en los años siguientes,  consolidó su poderío y los nuevos ricos comenzaron a tratar de lavarse las pudriciones al insertar a sus nuevos hijos en la “vida socialmente aceptable” como hombres y mujeres de bien, aunque ya sabemos que son las mismas fieras con sus aullidos en forma de corbatas, filantropía con crucifijo y biblia incluidos.

No soy muy adepto a los análisis desde la perspectiva psicocrítica, especialmente a los que en su radicalidad intentan inclinarnos a la sola personalidad del creador, pero sería interesante visitar este libro desde esa mirada teniendo de base (y esto no es negociable) la conciencia histórica de la década de los ochenta para tratar de ahondar en las sombras, la luminosidad, los miedos y los fantasmas que rondaban la vida, no del poeta, sino de una sociedad entera surcada por este laberinto experimental del que fuimos habitantes.

Hace unos/ años/ no pude/ ser comunista,/ porque estaba/ ocupado/ tratando/ de ser un niño.” escribe el poeta hondureño Rubén Izaguirre, un poema de brevedad descomunal que pesa lo que pesan las traiciones, los muertos, la pudrición de la soberanía, el asesinato de la cultura civil, la instalación del abuso en la década de los ochenta y su continuidad hasta nuestro presente.  En Dennis Ávila es igual de dolorosa esa recuperación de la memoria de un tiempo angelical; el idilio ha sido llevado a la hoguera; no puede ser sólo lúdica la naturaleza de esta poesía; “La infancia es una película de culto” nos plantea una estructura poética, tratada con maestría y en sus trasfondos nos confronta, nos pide regresar con plena serenidad y armados de una conciencia política que trascienda la adopción de una postura y más bien nos permita consolidar una forma de vida donde el mayor ejemplo de ciudadanía sea la imaginación, la sencillez, las esperanza, la ilusión, esas palabras que sólo tienen sentido en la infancia porque sistemáticamente los adultos les arrancan sus significados.

Una poesía como la de Ávila, en este libro, me permite decir que el poeta nunca se fue de casa o que más bien, siempre regresa a ver el viejo televisor blanco y negro, a recoger la pelota de plástico forrada en la potra interminable de la niñez; una poesía bien escrita, si, es verdad, pero es una poesía publicada en Costa Rica sobre Honduras y sus verdades:  el padre descalzo de Dennis ante sus primeros zapatos es mi padre descalzo con sus pies de diecisiete años contemplando la imposibilidad del mundo que lo invita a caminar; el descubrimiento del mar del sur golpea las ceibas de la tierra adentro, cada poema del libro hace justicia de un mundo sencillo, de una cotidianeidad antigua que resguardaba los grandes valores de la vida y sin caer en la denuncia crasa, expone como la decadencia política inundó con su baba la hermosura de lo que pudo ser un país.

Cuando pienso en Dennis Ávila, intento encontrar en su éxodo voluntario en Costa Rica, el sentido de nuestras vidas como escritores aquí en el “país de las pesadillas”, pienso en el magnífico gestor cultural que se nos fue y que ahora abre espacios y da su batalla porque la poesía sea signo de testimonio y evidencia no sólo estética sino ciudadana, lo veo allá, editando libros de poetas de todo el mundo, fortaleciendo el festival de poesía de Costa Rica cuya existencia hace inmensa aún más a esa tierra, organizando actividades culturales junto a su esposa, la poeta Paola Valverde Alier, ambos incasables, constructores de una fundación donde la sensibilidad tiene las ventanas de par en par hacia el futuro. Qué poeta más inmenso es Dennis Ávila, lo digo así de una vez, dejando al lado mi formación teórica y viendo de frente este libro como un lector cuya única arma es el asombro y el descubrimiento. He llorado transcribiendo el poema “Los pies en la tierra” porque escribía mi vida en la noche de noviembre, porque dibujaba con las palabras de Dennis, otra vez, los pies de nuestros padres pobres, luminosamente honrados, porque me mancha la sal de la injusticia y porque yo soy testigo que pocas cosas han cambiado con las niñas y los niños de mi tierra.

El poeta Fabricio Estrada reseña de manera genial el libro de Dennis Ávila, en unas palabras que hacen justicia de su poesía y de nuestro tiempo “leyendo estos poemas es a esta revelación donde llego: un niño, una niña, es el antihéroe de lo humano y siempre nos salvará del vacío una vez caídos en él, o de la amargura, una vez que olvidemos lo que hemos sido en nuestra etapa más sensible. Vendrá el niño o la niña con su capa desplegada, con su instrumental de fantasía y sentido práctico, verrà l´infanzia e avrà i tuoi occhiUn niño/ toma prestadas mis palabras./ A cambio recibo su forma de mirar. Mirar como si fuera el último juego. De haber sabido que era el último juego ¿Qué hubieras sentido? Mirar como si el honor tuviera que ser saldado sobre una partida de canicas, ¿Qué honor limpiamos ahora luego de ser humillados una y otra vez? Mirar al fantasma de la abuela sacando los libros del librero ¿Qué secreto seguimos buscando en los libros que nos hereda la noche?


Dennis Ávila, poeta nuestro, con este libro se revela ese país que las bestias también han secuestrado y que hoy podemos salvaguardar luchando cada día por él: el país de la infancia. Yo quiero, allá en tu lejanía saludarte con unos versos del hondureño Jaime Fontana, clásicos, menos ingratos que los pronunciados por Roberto Sosa (La niñez, aquella de los cuidados cabellos de vidrio,/ No la hemos conocido. Nosotros nunca hemos sido niños.), pero que igual encierran ese regreso a los cimientos de un tiempo inacabado: nuestra infancia “…esta es la tierra nuestra, la amorosa, la que espera a sus niños,/ aquí esparcen su calcio generoso los huesos de mis padres/

y el calcio va a la hierba y hace al pino más jubiloso y alto:/
así trabajan todavía quienes nos prestaron la sangre.”.

                                  
                                        Portada del libro "La infancia es una película de culto" editado por Perro Azul




POEMAS DE "LA INFANCIA ES UNA PELÍCULA DE CULTO"


IV


No conocí a mi otro abuelo;
fue asesinado
en mil novecientos setenta y seis.

Matarlo fue la única forma
de callar su revolución.

Hombre visionario,
fundó la escuela
y el centro de salud en su comunidad.

La autopsia a su Ford
reveló ochenta perforaciones de bala:
solo una le tocó el corazón.

Aunque no pudo abrazarnos
es el abuelo de treinta y siete nietos,
árbol ancho y grueso
en el que caben todas nuestras sombras.



LOS PIES EN LA TIERRA


Intento imaginar
los primeros zapatos de mi padre.

¿Tuvieron el color que surge
en la corteza de los árboles
cuando va a amanecer?

¿Sus cordones fueron implacables,
como aquellos que amarraron
la leña de las haciendas vecinas,
que él y sus hermanos
ansiaron en los días lluviosos?

La suela, ¿lo suficientemente gruesa
para aplastar espinas?

El tacón, ¿inamovible,
capaz de entender un nuevo equilibrio?

Delgado, sin duda, el camino de sus hilos
en esta dimensión desconocida
por unos pies descalzos.

¿Los tomó de alguna estantería
o salieron del corazón de un zapatero
directo a sus pies?

¿Temió gastarlos, a las cinco de la mañana,
para arrear las vacas
de los señores feudales de su infancia?

¿Los llevó a la escuela en su jornada mixta
o al vender melcochas
antes y después de cada clase?

¿Alcanzó los labios
de alguna muchacha que pudo visitar,
por fin, con los pies limpios?

Siempre me conmovió
la historia no contada
de los zapatos de mi padre.



EL BARRIO


Siempre era Navidad
en la casa de enfrente,
gracias a doña Rosario
y sus flores de pascua.

Existía el deseo de ayudar
y cuando nos caíamos
doña Tina costuraba
la herida en nuestros pantalones.

Si no queríamos ir a clases
doña Gera nos inyectaba:
no era una bruja cualquiera,
en su patio había un pino inmenso,
un cohete temporalmente estacionado
que al despegar
arrancaría su casa de raíz.

Don Noé y Pedro,
padre ebanista, hijo carpintero,
hacían muebles y puertas
para otra dimensión.

En esa época fuimos niños
José, Samir, Mauricio y yo.

Cada año que se iba
un pez moría en nuestras manos.



LOS NIÑOS DEL DR. HELL


Trazábamos una circunferencia.

En el centro, como la marca de un compás,
hacíamos el agujero
para meter las canicas
que el vencedor se llevaba a casa.

Los grandes odiaban
que un niño más pequeño ganara;
me echaban tierra en los ojos
y atacaban como cuervos.

De aquella nube de polvo
surgía la respiración de mi hermano,
el gordo más ágil del barrio.

Todavía tengo en mi corazón
su voz diciendo malas palabras.

Amaba su heroísmo:
esa necesidad de salvar mi honor
y el de la familia.

Mis piernas dejaban de temblar
y me lanzaban a la pelea
para justificar mi sangre en la nariz.

Pero de los dos, él era Mazinger Z.

Solo mi hermano pudo derrotar
a los monstruos mejor armados
de nuestra niñez.


LA MEMORIA POR DENTRO


Las personas con Alzheimer:
¿recuerdan los besos verdaderos,
las guerras infinitas,
el cúmulo de atropellos y venganzas
tras la vía láctea de sus vidas?

Esas manos que parecen buscar un mapa,
¿en qué rostro están pensando?

Para ellos un mausoleo
no es un álbum de lápidas
sino almanaques vacíos,
paralelos
al limbo de cosas por volver.

Su memoria es un columpio:
una canción
puede enviarlos a la infancia
o traerlos de vuelta
con la mirada sucia de futuro.

Una mirada que se dilata en el aire,
como si allí naciera
la epopeya  de los recuerdos
y no la urna donde habita
un sufragio de caminos disecados.

Uno piensa que no debe haber
nada más triste
que el olvido del Alzheimer.

Pero hay quienes cargan
hasta el final de sus días
una amarga niñez.



Dennis Ávila (Tegucigalpa, Honduras, 1981). Poeta y narrador. Fue miembro fundador de PáispoEsible. Ha publicado los libros de poesía Algunos conceptos para entender la ternura (Sexta Vocal, 2005), con segunda edición en El Salvador (Leyes de Fuga, 2005); Quizás de los jamases (Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2008), Geometría elemental (Casa de Poesía, 2014) y La infancia es una película de culto (Ediciones Perro Azul, 2016), segunda edición (Proyecto Editorial La Chifurnia, 2016). Obtuvo el Premio Único en el Certamen de Cuento de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán (2005) y la Mención Honorífica en el Premio de Narrativa Hibueras (2006). Ha participado en eventos literarios en Centroamérica, Puerto Rico, Cuba, Estados Unidos y España. Su poesía se encuentra seleccionada en las siguientes antologías: Versofónica (20 poetas, 20 frecuencias)Papel de oficio (Cuadernillos de Poesía PaíspoEsible), Chamote (Antología de poetas latinoamericanos), en el segundo tomo de Voces de América Latina (Media Isla Editores) y en el primer volumen de IL FIORE DELLA POESIA LATINOAMERICANA D’OGGI Raffaelli Editore. Su obra ha sido traducida al portugués, inglés, árabe e italiano. Desde el año 2007 radica en Costa Rica, en donde se desempeña como Director Adjunto y Coordinador Editorial en el Festival Internacional de Poesía de Costa Rica.